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Rezos y cuentos

Dentro del ego que el ser humano no duda en poner de manifiesto en todo momento se encuentra la teología. Desde los primeros ritos que intentaban dar explicación a los fenómenos naturales como la lluvia, el sol o la misma tierra mediante el otorgamiento del control de los mismos a personas, animales o cosas, el ser humano, creador de las deidades, se ha puesto a si mismo en el eje central de la creación de cualquier ente o cúmulo de entes. Es indiferente el tipo del mito de la creación, al final son siempre los humanos los que entran en contacto con los dioses y reciben sus dones, pues para eso son los que se los inventan.

La cuestión es que la necesidad de encarnar los miedos en una forma conocida es un intento de poder afrontarlos. ¿Como si no podrían afrontar las personas a la muerte si no es encarnandola en la figura de un esqueleto con una guadaña y envuelto en una túnica negra? Ese pensamiento les da confianza, seguridad de que hay algo o alguien a quien intentar poner una resistencia ante la certeza inevitable. Cualquier sentimiento intangible tiene una encarnación ilustrativa y "tangible" que permite al ser humano lidiar con ella.

Pero entonces, sabiendo ahora la verdad detrás de las emociones, las respuestas sinápticas y los químicos que nuestro organismo libera ¿que necesidad hay de contuniar alzando voces y deseos hacia ilusiones que no son más reales que castillos construidos con la brisa? Quizás la necesidad de no ser responsables de las decisiones y las consecuencias. Si nos paramos a pensar, ¿cuantas cosas no se agradecen o atribuyen a uno u otro ente cuando han sido las propias decisiones las que han logrado realmente la consecuencia acontecida?

Es más sencillo delegar responsabilidad para evitar vivir con la culpa de las malas decisiones que pudieramos tomar y las consecuencias nefastas que se pudieran derivar. Nos aferramos a que no somos conscientes o responsables porque algo o alguien me llevaron a hacerlo. Preferimos postrarnos en suplica humillante ante altares, iconos y figuras a los que atribuimos un poder más allá del que el propio arte tiene de inspirarnos sentimientos.

No se si algo existe superior, pero lo claro es que no se centra en nosotros, puesto que en comparación con el universo a duras penas llegamos al grado de polvo estelar que estancado viaja a lomos de un grano por el inmenso vacío.

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