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Canciones

 La música tronaba en la sala desde los altavoces colocados en las esquinas. En el centro, la pista de baile estaba llena y la gente bailaba animada por las canciones que sonaban, a cada cual más conocida y siendo coreada por todos mientras no dejaban de moverse. En la barra había gente pidiendo sus copas pendientes de volver a la pista con recarga del combustible de una noche de fiesta. Pero él tenía su cerveza en la mano, el brazo acodado en la barra y miraba con tranquilidad observando a la gente.

Era algo rutinario, miraba y evaluaba. Primero la cara, luego un vistazo rápido al cuerpo o al menos a lo que podía ver entre el gentío. Si se acercaban a la barra a pedir, era la mejor manera de hacer una evaluación más certera del físico. Y por supuesto, para terminar, a quienes más le llamaban la atención, llevar de manera inconsciente la cuenta de las consumiciones que llevaba tomadas. Si para antes de la tercera se retiraban de la pista, perdía todo interés y buscaba a alguien entre quienes pasaban a ocupar su lugar. 

Desde su móvil mandó un mensaje con una orden sencilla y observó como el encargado de la música miraba rápidamente el mensaje que acababa de llegarle y poco a poco iba cambiando a canciones más movidas, canciones que impulsaban a todos, ya fuera en la pista central o en los alrededores a corearlas y bailarlas con más ímpetu todavía. En un rincón, los que se habían ido retirando se movían perezosamente impulsados por la música, incapaces de resistir la necesidad de bailar y continuar la fiesta. Él tomó un trago de su cerveza y sonrió al ojear su reloj. 

El experimento iba viento en popa y nadie parecía darse cuenta de las horas que continuaban allí bailando, animados por la música continua, las bebidas que iban pidiendo en barra sin darse cuenta que ni siquiera estaban pagando por ellas o sin preguntarse siquiera porque en la sala no había una salida. Era algo que no les importaba mientras las ondas que sonaban junto a la música siguieran emitiéndose. Solo él, los camareros y el encargado de la música llevaban el equipo necesario para no verse impelidos a formar parte de la tropa que como posesos bailaban una canción tras otra. 

Se empezaron a notar los efectos a partir de la línea de las treinta y seis horas. Algunos se retiraban a los márgenes de la sala y caían rendidos. Según los mensajes que llegaban a su móvil de los dispositivos de monitorización, caían muertos de agotamiento. Y al menos una de sus apuestas estaba entre esos cuerpos que parecían dormirse sentados contra la pared o directamente en el suelo. Por suerte, las principales apuestas, seguían en el centro de la pista, aún derrochando energía como si acabaran de llegar.

Para cuando se pasaron de las cuarenta y ocho horas, solo una décima parte quedaba en pie, entre ellos estaban tres de sus apuestas y eran una cantidad de candidatos más que suficiente para el siguiente paso en el experimento del suero para la droga del soldado perfecto. Sin duda, conseguir que mantuvieran su energía en un derroche continuo durante tantas horas los hacía perfectos al ser tan compatibles. Veríamos cuantos de estos llegaban al final. Esperaba que al menos alguna de sus apuestas ganase. 

Dio orden de sedarlos para sacarlos de la sala llena de los cadáveres de quienes habían caído exhaustos a pesar de la droga y que se ejecutara el protocolo de limpieza. La base olería a asado durante un par de semanas. 

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