El cigarrillo se consumía entre sus dedos. Solo le había dado un par de caladas intentando relajarse y ahora, ensimismado en sus preocupaciones, dejaba que lentamente se consumiera sin notar como el calor estaba más cerca de sus dedos. Suspiró sin haber conseguido resolver nada y dejó caer el resto del cigarrillo antes de pisarlo para dejarlo apagado.
Se suponía que había dejado el hábito de fumar hace tiempo, pero al final con cada problema que surgía recurría una vez más a sacar uno de la cajetilla que aún seguía llevando encima y encendiéndolo en un intento de encontrar inspiración. Si lo había decidido dejar en su momento fue porque se lo prometió a ella, pero como tantas otras promesas, la cumplía a ratos. Los momentos que las incumplía fingía que no existían luego y así intentaba mantener su conciencia tranquila.
Entró al bar y se sentó en la barra donde, tras saludar al camarero que le conocía desde hace tantos años, le pidió una jarra. Sabía a quien esperar. Sabía que iba a conseguir. Sabía que eso le preocupaba más que los problemas que iba a solucionar. Pero arrastraba demasiadas cosas desde que le dijo adiós a ella como para poder encargarse de todas ellas. Y las deudas que se acumulaban ya habían llegado al punto crítico en el que necesitaba considerar soluciones radicales. Las demás cosas que arrastraba eran aún pequeñas preocupaciones que podía seguir arrastrando un poco más.
Se sentó a su lado e hizo lo mismo que había hecho él un momento antes. Pero la diferencia radicaba en que el contenido de la jarra desapareció en un par de tragos y se fue como había llegado, con gestos amistosos al camarero. Lo que había dejado atrás eran una jarra vacía, el par de monedas por la cerveza y un papel doblado que él hizo desaparecer en su bolsillo antes de que el camarero recogiera las dos primeras. Acto seguido procedió a terminar lo que le quedaba en la jarra y dejó el dinero antes de despedirse.
Caminó tranquilamente alejándose del bar un par de bloques antes de sacar el papel y leer la dirección escrita. Debajo había un par de dibujos que indicaban lo que debería hacer en el lugar una vez llegase y la preocupación hizo que los hombros le pesaran como si acabasen de dejar una losa de plomo sobre ellos. Sabía a lo que se arriesgaba cuando había llamado a ese número y sabía lo que debía hacer porque se había comprometido con ello. Solo esperaba que nadie supiera lo que iba a ocurrir cuando fuera a la dirección al día siguiente.
La hora llegó antes de que pudiera siquiera terminar de concienciarse mientras se preparaba para lo que debía hacer y estaba listo frente a la puerta principal de la dirección tocando al timbre sin siquiera ser consciente. Cuando le dejaron entrar, le indicaron una habitación donde podía dejar su ropa y cambiarse para el espectáculo principal. Una vez listo, se dirigió al patio y con su mejor voz de falsete empezó a animar el cumpleaños disfrazado de payaso.
Fueron tres horas de estar entreteniendo niños que se sintieron como varias semanas, pero una vez terminó lo que debía hacer, fue de vuelta al cuarto a ponerse la ropa de calle y salir de allí para poder empezar a cubrir deudas con el pago. Salió de la casa y aceleró más de lo que debía en su prisa por llegar a donde le esperaban. Pero lo que le esperaba fue un control de la Guardia Civil que le echó el alto, no solo por rutina, sino porque lo vieron llegar un poco más acelerado de la cuenta. Y es que al fin y al cabo, los diez quilos de droga que llevaba en la bolsa por su reciente trabajo iban a ser difíciles de explicar a los agentes.
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