Ir al contenido principal

Torre

 En lo alto de una torre, en una habitación inundada de luz en una esquina aun mejor iluminada, escribía absorto sentado en una silla, el Narrador. No sabía cuanto tiempo llevaba allí, escribiendo, pero al fin y al cabo era su trabajo y para lo que había nacido. Todas las historias pasaban por sus manos, desde historias fugaces en la mente de solo un niño hasta las historias intemporales que toda la humanidad conocería.

Y aunque era para lo que había nacido, a veces se cansaba de estar encorvado sobre el libro de infinitas páginas donde transcribía historia tras historia. No tenía edad y si un espectador entrase a esa habitación lo vería como un adulto, pero otro vistazo le revelaría un anciano y si mirase de nuevo detenidamente vería un joven. O una combinación rara de los tres a la vez. Por suerte no había un espectador que necesitara pensar en como era posible, ya que en la habitación solo estaba él. Y estaba absorto escribiendo los detalles de un temible enemigo que estaba siendo descrito en ese momento por un niño que contaba un cuento de heroicos soldados a su hermano menor. Y aún tenía que ponerse a escribir los elogios que también estaba en ese momento contando un casanova a una joven camarera que le estaba encontrando más atractivo por momentos. La imaginación de los humanos en sus historias tenía menos fin que el suministro de tinta del Narrador para transcribirlo todo. 

A la hora de escribir, era tan minucioso que nunca cometía errores, incluso era capaz de arreglar las palabras que los autores de las historias pronunciaban mal. Lo cual era todo un logro pensando en la cantidad de idiomas en los que estaban dictando las historias que iba escribiendo. Por eso mismo fue extraño el momento en que la pluma se quedó quieta, mientras miraba la palabra que acababa de escribir. No estaba seguro de si estaba bien escrita o si había algún error, pero dentro de la mente del Narrador surgía la imperiosa necesidad de borrarla y reescribir la historia de otra manera. Y era una idea que le aterraba tan profundamente que decidió marcar la página y ponerse con otra historia para evitar que se acumulase su trabajo. 

Pero el marcador estaba ahí y mientras escribía las fantasiosas palabras de un político, su mirada se desviaba de la línea hacia el margen de las hojas, donde el marcador le devolvía la mirada con un tinte acusador. Y es que al fin y al cabo, era el único marcador que tenía el libro de los cuentos, así que podía mirar al Narrador con una arrogancia acusadora que ningún marcapáginas podría imitar. También era posible que consiguiera hacerlo porque era parte de una historia y ya se sabe que ahí las cosas funcionan raro. 

El caso es que el Narrador, harto de tanta acusación silenciosa, se dirigió a la historia que había dejado a medio escribir e hizo algo que no solía hacer, repasar lo que había escrito mientras se concentraba en el momento en que la historia estaba siendo contada. Y al final entendió la extrañez de la palabra. Era complicado transcribir una onomatopeya que concentrase el sonido de un juguete de goma sonando en la boca de un perro atropellado por un camión que terminaba estrellándose contra el escaparate de una cafetería, la cual terminaba estallando y matando a la pareja que se estaba contando la historia de su amor eterno y una vida juntos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Canciones

 La música tronaba en la sala desde los altavoces colocados en las esquinas. En el centro, la pista de baile estaba llena y la gente bailaba animada por las canciones que sonaban, a cada cual más conocida y siendo coreada por todos mientras no dejaban de moverse. En la barra había gente pidiendo sus copas pendientes de volver a la pista con recarga del combustible de una noche de fiesta. Pero él tenía su cerveza en la mano, el brazo acodado en la barra y miraba con tranquilidad observando a la gente. Era algo rutinario, miraba y evaluaba. Primero la cara, luego un vistazo rápido al cuerpo o al menos a lo que podía ver entre el gentío. Si se acercaban a la barra a pedir, era la mejor manera de hacer una evaluación más certera del físico. Y por supuesto, para terminar, a quienes más le llamaban la atención, llevar de manera inconsciente la cuenta de las consumiciones que llevaba tomadas. Si para antes de la tercera se retiraban de la pista, perdía todo interés y buscaba a alguien ent...

Esmeraldas I

En aquel cuarto oscuro no quedaban a penas cosas. Por mobiliario la cama, un colchón sobre una tabla que ni siquiera se levantaba del suelo, y un taburete sobre el que había un reloj con la hora en brillantes números que parpadeaba como un faro. Sobre la cama, él, tirado y observando el techo, pensando como demonios había terminado llegando a eso. Vagaba su mente hacia atrás como si la película empezara cerca del final y tuviera que forzar ese recuerdo de días atrás para comprender por qué el protagonista se encontraba tirado, despierto en su cama en un piso extraño e iluminado únicamente por la hora que parpadeaba en el despertador. Solo que cuando empieza todo no estaba despierto, dormía tranquilo, como una mañana más en la que la alarma del reloj analógico sonaría un minuto antes de que el móvil, justo al lado, empezara la lenta letanía que supondría su alarma. Eso lo forzaría a salir del sueño, fuera cual fuera, y se levantase entre gruñidos y sin a penas abrir los ojos. La rutin...

Encargo

 El cigarrillo se consumía entre sus dedos. Solo le había dado un par de caladas intentando relajarse y ahora, ensimismado en sus preocupaciones, dejaba que lentamente se consumiera sin notar como el calor estaba más cerca de sus dedos. Suspiró sin haber conseguido resolver nada y dejó caer el resto del cigarrillo antes de pisarlo para dejarlo apagado. Se suponía que había dejado el hábito de fumar hace tiempo, pero al final con cada problema que surgía recurría una vez más a sacar uno de la cajetilla que aún seguía llevando encima y encendiéndolo en un intento de encontrar inspiración. Si lo había decidido dejar en su momento fue porque se lo prometió a ella, pero como tantas otras promesas, la cumplía a ratos. Los momentos que las incumplía fingía que no existían luego y así intentaba mantener su conciencia tranquila. Entró al bar y se sentó en la barra donde, tras saludar al camarero que le conocía desde hace tantos años, le pidió una jarra. Sabía a quien esperar. Sabía que iba ...