En aquel cuarto oscuro no quedaban a penas cosas. Por mobiliario la cama, un colchón sobre una tabla que ni siquiera se levantaba del suelo, y un taburete sobre el que había un reloj con la hora en brillantes números que parpadeaba como un faro. Sobre la cama, él, tirado y observando el techo, pensando como demonios había terminado llegando a eso. Vagaba su mente hacia atrás como si la película empezara cerca del final y tuviera que forzar ese recuerdo de días atrás para comprender por qué el protagonista se encontraba tirado, despierto en su cama en un piso extraño e iluminado únicamente por la hora que parpadeaba en el despertador.
Solo que cuando empieza todo no estaba despierto, dormía tranquilo, como una mañana más en la que la alarma del reloj analógico sonaría un minuto antes de que el móvil, justo al lado, empezara la lenta letanía que supondría su alarma. Eso lo forzaría a salir del sueño, fuera cual fuera, y se levantase entre gruñidos y sin a penas abrir los ojos. La rutina lo llevaría a una ducha caliente y a la cocina, para una vez arreglado, vestido y desayunado, salir por la puerta, cerrar con llave y caminar hasta su trabajo. No se preguntaba ya nada, lo hacía en automático. Desde que era arrancado del sueño hasta que el ordenador de su mesa estaba listo para las consultas del día, transcurría su consciencia en una neblina de la que a penas necesitaba percatarse.
Pero una obra cerraba la calle y le hacía dar un rodeo, entrar por donde no había ido nunca pues su trabajo no dejaba tiempo para mucho más que trabajar y hacer las tareas de casa. La calle era, por decirlo de alguna manera, pintoresca. La mayoría de calles eran grises. Su único color el que aportaban las letras de escaparates monocromáticos con la recomendación forzada de lo que los transeúntes debían necesitar. Pero esa calle era pequeña, más estrecha, más tosca, más colorida. Las puertas de diferentes colores, la ropa colgando en cuerdas entre las ventanas y entre la ropa lienzos. Pinturas y fotografías que compartían el espacio de secado en un abigarrado bodegón colorido.
Y entonces, por primera vez, olvidó la oficina, olvidó la bruma y despertó de una manera más viva que nunca. Por primera vez conoció a gente que no iban encadenados con corbatas y trajes, sino libres con lo que desearan vestir. Pero lo que por primera vez conoció fue la risa. Ese sonido alegre que parece acompañar al color y a la felicidad. Se olvidó por un momento de todo y disfrutó de los colores, de la libertad y de la gente. Y en las vueltas de la intoxicación de nuevas experiencias hubo una más que dio un vuelco a su pecho. Su mirada se cruzó con unos ojos verdes que lo devoraban, como un lobo hambriento al corderito que se separa de la manada.
Pero el móvil en su bolsillo sonó y el color se apagó. Todo brillaba menos mientras lo sacaba del bolsillo y lo descolgaba. Y cuando terminó de recibir el aviso de que llegaba tarde, de nuevo estaba en las calles grises, caminando mecánico hacia su mesa en la oficina. Hubiera podido olvidarlo y empezó a hacerlo. Ya no recordaba los colores, no recordaba la risa, no recordaba la libertad. Y sin embargo no pulsó las teclas, pues había unos ojos verdes que no se iban del recuerdo. Esos ojos voraces que buscaban despertar algo más y que permanecieron allí anclados brillantes a pesar del gris del mundo.
Solo que cuando empieza todo no estaba despierto, dormía tranquilo, como una mañana más en la que la alarma del reloj analógico sonaría un minuto antes de que el móvil, justo al lado, empezara la lenta letanía que supondría su alarma. Eso lo forzaría a salir del sueño, fuera cual fuera, y se levantase entre gruñidos y sin a penas abrir los ojos. La rutina lo llevaría a una ducha caliente y a la cocina, para una vez arreglado, vestido y desayunado, salir por la puerta, cerrar con llave y caminar hasta su trabajo. No se preguntaba ya nada, lo hacía en automático. Desde que era arrancado del sueño hasta que el ordenador de su mesa estaba listo para las consultas del día, transcurría su consciencia en una neblina de la que a penas necesitaba percatarse.
Pero una obra cerraba la calle y le hacía dar un rodeo, entrar por donde no había ido nunca pues su trabajo no dejaba tiempo para mucho más que trabajar y hacer las tareas de casa. La calle era, por decirlo de alguna manera, pintoresca. La mayoría de calles eran grises. Su único color el que aportaban las letras de escaparates monocromáticos con la recomendación forzada de lo que los transeúntes debían necesitar. Pero esa calle era pequeña, más estrecha, más tosca, más colorida. Las puertas de diferentes colores, la ropa colgando en cuerdas entre las ventanas y entre la ropa lienzos. Pinturas y fotografías que compartían el espacio de secado en un abigarrado bodegón colorido.
Y entonces, por primera vez, olvidó la oficina, olvidó la bruma y despertó de una manera más viva que nunca. Por primera vez conoció a gente que no iban encadenados con corbatas y trajes, sino libres con lo que desearan vestir. Pero lo que por primera vez conoció fue la risa. Ese sonido alegre que parece acompañar al color y a la felicidad. Se olvidó por un momento de todo y disfrutó de los colores, de la libertad y de la gente. Y en las vueltas de la intoxicación de nuevas experiencias hubo una más que dio un vuelco a su pecho. Su mirada se cruzó con unos ojos verdes que lo devoraban, como un lobo hambriento al corderito que se separa de la manada.
Pero el móvil en su bolsillo sonó y el color se apagó. Todo brillaba menos mientras lo sacaba del bolsillo y lo descolgaba. Y cuando terminó de recibir el aviso de que llegaba tarde, de nuevo estaba en las calles grises, caminando mecánico hacia su mesa en la oficina. Hubiera podido olvidarlo y empezó a hacerlo. Ya no recordaba los colores, no recordaba la risa, no recordaba la libertad. Y sin embargo no pulsó las teclas, pues había unos ojos verdes que no se iban del recuerdo. Esos ojos voraces que buscaban despertar algo más y que permanecieron allí anclados brillantes a pesar del gris del mundo.
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