A veces me siento a escuchar la lluvia, a dejar vagar el tiempo y la mente, que floten acunados por el murmullo monótono del agua caer y golpear hojas, suelo y tejados. A veces en ese estado me gusta pensar quien más se sentará a ver la lluvia pasar y dejo que mi mente vague buscando.
Y mientras busca lo veo todo mojado, como la lluvia de alguna manera limpia el pecado. El pecado de no ser uno mismo, el pecado de dejarse llevar como ganado. Porque todos son culpables de ello, todos preferimos la vía fácil de seguir la corriente en lugar de destacar y ser maltratados por parecer un brochazo de color en un lienzo abandonado.
Mi mente vaga bajo las grises nubes, buscando mirando más allá de donde me veo sentado sin pensar en otra cosa más que la gente hacinada en las urbes. Gente que convive con la falsedad, con la apariencia y con no poder ser jamás lo que le dicta su conciencia. Hacia allí vaga mi mente, cruzando las calles, dejando atrás los puentes.
Paseo por las familiares calles, miro a la gente corriente, los veo caminar sonámbulos sin recordar la sensación de la lluvia callendo sobre ellos, sin sentir el agua empapando su rostro, sus manos y su alma. Los veo andar automatizados, como si no tuvieran tiempo, con prisa, olvidando la calma.
Mi mente sigue vagando mientras la lluvia sigue limpiando. Limpia las calles de temores oscuros, pero llena de tristeza corazones puros. Son corazones que miran con tristeza por la ventana, que suspiran de añoranza, dolor o porque algo les falta. Corazones que sienten, desean y anhelan, pero que se encierran allí donde la limpieza de la lluvia no llega.
Sigue vagando, la lluvia no remite, atravesando campo, montes y adentrándose en las raíces. Mi mente ya no busca a los humanos, busca a los animales que viven, sobreviven y a veces están desamparados. Animales que desean paz y tranquilidad, que buscan vivir sus vidas sin a los humanos molestar. Pero no tienen su antiguo hogar, se encuentran recluidos, en parques naturales están comprimidos.
Mi mente vuelve, allí donde estoy esperando, viendo lo que ella ve, manteniendo las imágenes, recordando. La lluvia es un arma de redención, que limpia almas, pecados y el corazón. Pero cuando más falta nos hace y recordamos el tronar de la tormenta, de las gotas su canto, no hay lluvia, solo un sol de espanto, que nos seca y devora, cargándonos con la culpa de que ya no haya lluvia.
Esperamos que vuelva, la limpieza del agua, porque de la pureza del fuego solo nos daña.
Y mientras busca lo veo todo mojado, como la lluvia de alguna manera limpia el pecado. El pecado de no ser uno mismo, el pecado de dejarse llevar como ganado. Porque todos son culpables de ello, todos preferimos la vía fácil de seguir la corriente en lugar de destacar y ser maltratados por parecer un brochazo de color en un lienzo abandonado.
Mi mente vaga bajo las grises nubes, buscando mirando más allá de donde me veo sentado sin pensar en otra cosa más que la gente hacinada en las urbes. Gente que convive con la falsedad, con la apariencia y con no poder ser jamás lo que le dicta su conciencia. Hacia allí vaga mi mente, cruzando las calles, dejando atrás los puentes.
Paseo por las familiares calles, miro a la gente corriente, los veo caminar sonámbulos sin recordar la sensación de la lluvia callendo sobre ellos, sin sentir el agua empapando su rostro, sus manos y su alma. Los veo andar automatizados, como si no tuvieran tiempo, con prisa, olvidando la calma.
Mi mente sigue vagando mientras la lluvia sigue limpiando. Limpia las calles de temores oscuros, pero llena de tristeza corazones puros. Son corazones que miran con tristeza por la ventana, que suspiran de añoranza, dolor o porque algo les falta. Corazones que sienten, desean y anhelan, pero que se encierran allí donde la limpieza de la lluvia no llega.
Sigue vagando, la lluvia no remite, atravesando campo, montes y adentrándose en las raíces. Mi mente ya no busca a los humanos, busca a los animales que viven, sobreviven y a veces están desamparados. Animales que desean paz y tranquilidad, que buscan vivir sus vidas sin a los humanos molestar. Pero no tienen su antiguo hogar, se encuentran recluidos, en parques naturales están comprimidos.
Mi mente vuelve, allí donde estoy esperando, viendo lo que ella ve, manteniendo las imágenes, recordando. La lluvia es un arma de redención, que limpia almas, pecados y el corazón. Pero cuando más falta nos hace y recordamos el tronar de la tormenta, de las gotas su canto, no hay lluvia, solo un sol de espanto, que nos seca y devora, cargándonos con la culpa de que ya no haya lluvia.
Esperamos que vuelva, la limpieza del agua, porque de la pureza del fuego solo nos daña.
Comentarios
Publicar un comentario