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Ángel exterminador

Era un día apacible, tranquilo hasta la monotonía, mientras él estaba tirado en el sofá. La ventana medio abierta dejaba entrar un poco del fresco aire de mitad del otoño y en la televisión sonaban los mismos anuncios de siempre con las empresas y productos del momento. Sobre la mesa, un cenicero lleno y un par de cajetillas aplastadas al lado de un mechero al que a penas quedaba gas. Dió la última calada al cigarro que tenía entre los dedos y apagó la colilla entre las demás, haciendo que desbordara algo de ceniza por el borde del cenicero.

Se echó hacia atrás y empezó a soltar lentamente el humo que aún retenia en los pulmones. Su mente le decía que hiciera cosas, que ordenase el piso, que limpiara la mesa y se moviera. Pero todo le pesaba y a penas conseguía reunir ganas suficientes para coger el último paquete de cigarros que descansaba al lado del televisor. Quería fumar más, hasta agotar todo. Si pudiera bebería hasta la inconsciencia, pero para ello debería salir fuera para comprar alcohol.

Pero por qué molestarse en hacerlo. Beber, fumar, existir, no había razón en disfrutar algo tan efímero. Era como el último chute, que te hacía sentir bien hasta que te daba el bajón y te encontrabas que no podías tener otro. Eso mismo era la vida, un subidón de sentirlo todo solo para darte cuenta de que tu novio se va con tu jefa y en la misma salida de la calle después de arrancar, mueren porque un camión se los lleva por delante. Dulce ironía que arruinaran una vida para terminar sin disfrutar las suyas.

Una ironía que le arrancó un amargo rictus de los labios con forma de sonrisa. No estaba devastado porque lo abandonase ni porque le despidiese. Estaba en ese estado porque al reconocer el amasijo de carne que antes eran dos personas se había planteado por un momento de que demonios servía la vida si por muy bien que procurases vivirla podía terminar en un momento. Que eras vegano para proteger a los animales o evitar comer grasas saturadas gastandote el triple en productos ecológicos, daba igual. Al final un loco con un camión te podía arrollar y terminabas hecho un amasijo de carne, sangre y acero.

Se incorporó como pudo en el sillón y tras un largo suspiro se levantó para agarrar la cajetilla de tabaco. Sacó un cigarro, lo encendió y dió una larga calada que lo redujo a ceniza casi hasta la mitad. Caminó tambaleandose hasta la cocina, donde abrió el grifo y bebió sin molestarse en buscar un vaso o usar la mano. Cerró el grifo y de nuevo pensó que para que necesitaba beber, solo para gastar tiempo y aumentar la factura que unos peces gordos cobrarían para terminar muriendo entre carcajadas cuando un infarto por sus arterias obstruidas se los llevase por medio.

Y entre todos los pensamientos, una idea cobró fuerza. Si no valía la pena vivir, para que gastar tiempo viviendo. Mejor terminar rápido y que otros limpiaran lo que quedase. Se dirigió hacia el balcón con la decisión en mente. Sí, se dejaría caer, era una idea buena, por qué vivir si no merecia la pena el esfuerzo. ¿Es que los demás no se daban cuenta? Entonces se paró, cuando ya tenía una pierna encaramada a la baranda. Claro que no se dan cuenta, piensan que la vida es un regalo, no un tiempo inutil. Creen que hacer cualquier cosa sirve de algo. Pero se equivocan. Y él estaba dispuesto a ayudarles a ver su error, ayudarles a no desperdiciar más su vida. Y cuando terminase, podría poner fin a la suya y descansar.

Volvió a entrar en casa y empezó a planear como haría para que todos pudieran disfrutar de dejar de preocuparse de que la vida era muy corta. Empezó a preparar su gran despedida.

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