La estación de metro se encontraba vacía, en silencio. El letrero decía que quedaban 15 minutos para el próximo tren. Se sentó contra la pared dispuesto a esperar y de paso comer algo. Era tarde, de los últimos viajes antes de que las estaciones empezaran a cerrar. Sacó de la mochila una lata de refresco y una bola de servilletas, que al abrirla desvelaba en su interior un enorme puñado de frutos secos y galletitas saladas.
Iba comiendo distraido, dando tragos a la lata cada poco, siempre después de echar a la boca 5 o 6 elementos del puñado. Miró de reojo la señal luminosa y vio que aún quedaban 12 minutos. Se iba a hacer larga la espera. Dirigió su mirada a la señal del otro andén y leyó 7 minutos. Calma completa durante un buen rato. Pensó en ponerse los cascos y escuchar algo de música cuando vio llegar al andén de enfrente un grupo de chavales, chicos y chicas que iban riendo de alguna broma estúpida.
Disimuló su interés y se puso los cascos, aunque no encendió música alguna, seguía escuchando el ruido que hacían el grupito. No les dirigió la mirada directamente y siguió comiendo de entre las servilletas, pero no les quitaba ojo de encima. Era un pequeño vicio que tenía, le gustaba observar a la gente, inventarse historias por su manera de vestir, de actuar o de hablar. Y los cascos hacía que la gente lo ignorase.
Vio como el grupo, aunque junto, empezaba a dividirse en grupitos. Todos hablaban entre ellos, pero las chicas se iban hacia un lado mientras los chicos se iban dividiendo en dos grupos. Se mantenían juntos, pero se notaba que la conversación general decaía sustituida por las conversaciones de grupo.
Fue poco a poco, las señales marcaban ya 5 minutos para su tren y 3 para el andén contrario. Para ese instante las chicas se habían apartado y hablaban animadas a un lado mientras los chicos se dividian en dos grupos. Un par sentados en el suelo casi sin hablar y el resto de pie mirando a los sentados y con una actitud conspiratoria. Planeaban algo, alguna broma o similar. Fue entonces cuando ese grupo empezó a señalarlo de refilón. Le daba mala espina.
Acercándose a los sentado empezaron a hablar en voz alta y con un gesto distraido de rascarse la cabeza, se quitó uno de los cascos para escuchar. Estaban retando a los chavales sentados, al parecer completamente ebrios a cruzar al otro lado para pedirle la hora a él, que se encontraba sentado y presumiblemente con los cascos puestos, por lo que estarían obligados a acercarse a él. Parecía que se negaban, pero las chicas se acercaron y bromearon con ellos, susurrandoles algo al oído, hasta que al final se levantaron con esfuerzo.
Las señales marcaban menos de un minuto para cada vía y los retadores afirmaban que tendrían que hacerlo antes de que el tren se fuera. Los borrachos se miraron y decidieron que solo había una manera de hacerlo. Se prepararon y empezaron a andar cada vez más rápido hacia la vía. No podía disimular más mientras el pánico se apoderaba de él. Les iba a gritar que parasen que el tren estaba ya entrando en la vía, cuando se dio cuenta que realmente estaba ya parándose cuando los bebidos amigos se estamparon contra el lateral del vagón entre las risas de sus amigos, que los recogieron y entraron al vagón.
Vio etupefacto como se marchaban los trenes de ambos andenes mientras a sus pies se derramaba lo poco que quedaba de la lata, rodaban frutos secos y la señal marcaba un nuevo tiempo de 15 minutos.
Iba comiendo distraido, dando tragos a la lata cada poco, siempre después de echar a la boca 5 o 6 elementos del puñado. Miró de reojo la señal luminosa y vio que aún quedaban 12 minutos. Se iba a hacer larga la espera. Dirigió su mirada a la señal del otro andén y leyó 7 minutos. Calma completa durante un buen rato. Pensó en ponerse los cascos y escuchar algo de música cuando vio llegar al andén de enfrente un grupo de chavales, chicos y chicas que iban riendo de alguna broma estúpida.
Disimuló su interés y se puso los cascos, aunque no encendió música alguna, seguía escuchando el ruido que hacían el grupito. No les dirigió la mirada directamente y siguió comiendo de entre las servilletas, pero no les quitaba ojo de encima. Era un pequeño vicio que tenía, le gustaba observar a la gente, inventarse historias por su manera de vestir, de actuar o de hablar. Y los cascos hacía que la gente lo ignorase.
Vio como el grupo, aunque junto, empezaba a dividirse en grupitos. Todos hablaban entre ellos, pero las chicas se iban hacia un lado mientras los chicos se iban dividiendo en dos grupos. Se mantenían juntos, pero se notaba que la conversación general decaía sustituida por las conversaciones de grupo.
Fue poco a poco, las señales marcaban ya 5 minutos para su tren y 3 para el andén contrario. Para ese instante las chicas se habían apartado y hablaban animadas a un lado mientras los chicos se dividian en dos grupos. Un par sentados en el suelo casi sin hablar y el resto de pie mirando a los sentados y con una actitud conspiratoria. Planeaban algo, alguna broma o similar. Fue entonces cuando ese grupo empezó a señalarlo de refilón. Le daba mala espina.
Acercándose a los sentado empezaron a hablar en voz alta y con un gesto distraido de rascarse la cabeza, se quitó uno de los cascos para escuchar. Estaban retando a los chavales sentados, al parecer completamente ebrios a cruzar al otro lado para pedirle la hora a él, que se encontraba sentado y presumiblemente con los cascos puestos, por lo que estarían obligados a acercarse a él. Parecía que se negaban, pero las chicas se acercaron y bromearon con ellos, susurrandoles algo al oído, hasta que al final se levantaron con esfuerzo.
Las señales marcaban menos de un minuto para cada vía y los retadores afirmaban que tendrían que hacerlo antes de que el tren se fuera. Los borrachos se miraron y decidieron que solo había una manera de hacerlo. Se prepararon y empezaron a andar cada vez más rápido hacia la vía. No podía disimular más mientras el pánico se apoderaba de él. Les iba a gritar que parasen que el tren estaba ya entrando en la vía, cuando se dio cuenta que realmente estaba ya parándose cuando los bebidos amigos se estamparon contra el lateral del vagón entre las risas de sus amigos, que los recogieron y entraron al vagón.
Vio etupefacto como se marchaban los trenes de ambos andenes mientras a sus pies se derramaba lo poco que quedaba de la lata, rodaban frutos secos y la señal marcaba un nuevo tiempo de 15 minutos.
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