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Paralelas

Daba pasos largos, esquivando las matas recién plantadas y guiándose por los rectos surcos de la tierra mientras regaba. Era un día caluroso, soleado y tranquilo, sin más preocupación que la de sacar adelante la cosecha empezando porque arraigase en el fértil suelo. Iba haciendo linea a línea, andando con calma y dejando que cayera suficiente agua en cada mata antes de pasar a la siguiente hasta que tenía que ir a volver a cargar la regadera. Una y otra vez. Había algo de satisfactorio en el mismo trabajo repetitivo, sin necesidad de pensar, más por impulso que por planteamiento. Quizás por eso estaba tan absorto en su cabeza que no vio el humo en el horizonte y no escuchó a los asaltantes cuando lo alacanzaron en el campo y lo mataban sin siquiera tomarse un momento de apresarlo.

Abrió los ojos y amaneció de nuevo.

Daba pasos firmes, resonando sus botas contra el suelo de piedra y orientandose por el pasillo que tan bien conocía para ir a su puesto de guardia. Llevaba años en ese puesto y había escuchado hablar al capitán de un posible ascenso. Unas monedas extra que ayudarían en casa y podrían hacer que se permitieran algún lujo extra de vez en cuando. Se sentía orgulloso de su trabajo, de hacer sus rondas con seriedad y atención y al fin se lo reconocían. Hacía la ronda de memoria, pero siempre atento a lo que ocurría donde pasaba, atento a cualquier indicio de hurto o de pelea, atento por completo a la calle. Quizás por estar con la mirada tan baja no vio la piedra que se desprendió del tejado al pasar un ratero huyendo a toda velocidad. Una piedra que si bien no era grande, si era lo suficiente pesada para hundir una cabeza sin casco que pasaba justo en ese momento por debajo.

Abrió los ojos de nuevo y amaneció.

Daba pasos lentos, la cabeza gacha y siguiendo a sus hermanos que marchaban en solemne letanía hacia la capilla. Su vida entera pasada entre esos muros desde que huérfano llegó al monasterio y terminó ordenándose cuando la edad le permitió ser novicio. Día tras día caminar la misma rutina de tareas, comidas y oraciones. Una vida monótona llena de paz y de iluminación por seguir la senda y el ejemplo del hijo de dios. Una vida que le llenaba y le mantenía en paz. Se sentó en un banco y empezó la oración, los cánticos llenaban el aire e incluso apagaban el repicar de la campana. Quizás si hubieran prestado atención a ese repique se hubieran dado cuenta de la alerta que presagiaba y los asaltantes del norte no los habrían atrapado por sorpresa en plena oración, pero aquello fue una masacre y esta vez si lo sufrió.

De nuevo abrió los ojos y amaneció.

Daba pasos acomodados, silenciosos sobre los suelos de mármol. Indolente se recreaba en el gran baile que se celebraba, rodeado por falsas sonrisas y amistades traicioneras. La vida de la nobleza era a lo que cualquier persona aspiraba, pero solo la sangre daba ese derecho. Derecho acompañado de rencores e intrigas. Dos ojos no eran suficientes para mantenerse sano en un ambiente tan putrefacto. Quizás por eso pudo evitar la copa que le ofrecían de vino aderezado con arsénico, el queso con cicuta o los bocaditos rellenos de acónito. Lo que no evitó fue el virote que terminó saliendo de su pecho unos centímetros y que procedía de su criado de confianza.

Al fin cerró los ojos y anocheció.

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