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Inmortales - Primavera

Reía, tontamente, tirada en la hierba. Había corrido todo el prado hasta detenerse allí, donde se había tumbado y miraba con curiosidad como de entre la hierba se alzaba un brote, con calma, con lentitud, desperezándose lento. El verde del tallo resplandecía mientras se iba alzando milímetro a milímetro, haciendo aparecer alguna pequeña hoja a un lado del mismo color verde brillante. Fijó toda su atención en la pequeña planta que crecía, en como iba hinchandose la punta poco a poco, con la promesa de la explosión que encerraba.

El brote se detuvo un momento, un instante que parecía durar una eternidad, atento a la mirada que la dama le prestaba allí tumbada. Era su gran momento, como el solista que se coloca por primera vez bajo la luz del foco y toma aire para desgranar el inicio de su canción. Eso mismo hizo el brote, dispuesto a convertirse en flor, tomo aire, nutrientes y tiempo y se hinchó listo para darlo todo en un solo acto.

Entonces, en ese instante entre segundos, la cubierta verde y tensa de la punta del brote se rasgó y arrojó a la luz, a la vista de la dama cientos de pétalos amarillos que se iban abriendo y expandiendo en círculo. Ahora era una flor y la dama, viendo la orgullosa transformación rió y aplaudió. Se levantó y con su voz animó a mas brotes a alzarse de la hierba y seguir el ejemplo de su hermana primogénita.

Era difícil determinar el tiempo que pasaba mientras los brotes se alzaban, pero la dama corría, brincaba y reía, feliz de ver surgir y crecer la ola que se expandiría por el mundo. Las miraba a todas, alentaba a todas las flores, ya fueran amarillas, azules, rojas o negras. Las animaba a alzarse y salir, las animaba a llamar a sus hermanas y que se propagaran.

Primavera era risueña cuando se encontraba en ese estado, feliz de dar rienda suelta al principio de la estación y ver el mundo cubrirse de verde y cientos de matices de color. Solo hubo una cosa que la detuvo y la acalló. La presencia del anciano al borde del prado. Allí parado, serio y arreglado, se encontraba Cielo, esperando el fin de su danza y alegría. Ella se tranquilizó y se entristeció. Si el anciano estaba allí es que algo había pasado y necesitaba su atención.

Se acercó en silencio, cabizbaja, hacia él, que le tomó con delicadeza del mentón y alzó su mirada para regalarle una sonrisa a la apenada Primavera. No hubo palabras solo un gesto con el brazo de que la acompañara. Y juntos se dirigieron a la casa del anciano, más cerca de la costa de lo que estaba el verde valle.

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