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Grita

Grita. Hazlo fuerte, largo, intenso, hasta que duela y te quedes sin aire y sin sentido. Grita al mundo, a la vida a tu alma, al dolor, a la propia existencia. Gritales haz que se alejen, haz que mueran mientras vacías tu alma en un grito tan profundo y doloroso que cuando las lágrimas se sequen y solo quede vacío ante ti, puedas levantarte y mirar sin dolor al mañana.

Porque el alma duele, cuando nos creamos ilusiones que se rompen, ideas que son destruidas por otros, cuando pensamos que sentimos y ese sentir se enquista y se retuerce. Porque el cuerpo sufre cuando nos golpean o cuando desde dentro se nos rompe algo y sentimos como los fragmentos se clavan alrededor de donde estaban.

Cuando el dolor te ahogue, grita alto y claro. Dejalo huir y correr por el cielo, deja que se disuelva y escape. Grita donde quieras, cuando lo necesites, hasta que las estrellas te miren y te inunden con la luz de su leve resplandor. Y es que el grito no es solo la ayuda que te pueden dar, es la llamada al universo, el toque de atención de que deje de joderte aunque sea por un momento y puedas conseguir tranquilidad.

Deja que el eco de tu grito ascienda desde lo más profundo de tu pecho, desde el vientre, que sea un grito natural, no algo que debas imaginar que quiere salir. Sueltalo sin dejar nada atrás para que te desgarre la garganta y te haga llorar por dejarlo marchar. Solo entonces las heridas que enquistaba puedes empezar a curar.

Grita mundo, fuerte, alto y claro. Porque el silencio es cortés, pero nos mata poco a poco y más nos vale un mundo feliz y ruidoso, que un mundo tranquilo cortés y en silencio. Por eso, no lo guardes, tú humano, no lo dejes dentro, sácalo fuera con fuerza y deseo.

Si quieres avanzar y te duele, grita.

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