Mañana tras mañana iba buscando de nuevo aquella calle, esa donde los colores regían la vida en lugar de los grises. Donde las charlas eran risas y donde esperaba volver a sentir esos ojos verdes. Podría haber abandonado y seguir la rutina pero algo había empezado a echar raíces dentro de su pecho. Al principio era poca cosa. La corbata menos apretada, el último botón de la camisa desabrochado o un día sin afeitar. Parecían gestos nimios, tontos, pero eran elecciones que estaba haciendo. Libertad que deseaba brotar y crecer.
La bruma de las mañanas ya no estaba allí para él. Las alarmas ya no sonaban, porque él no estaba en la cama cuando necesitaban sonar. Una nueva energía le hacía dormir menos, le hacía buscar algo que hacer. Contaba minutos, 5 para la ducha caliente, 10 para afeitarse en el espejo empañado, 20 para desayunar. Movía la cucharilla en el café 15 veces antes de disolver el azúcar. Daba 5.489 pasos para llegar al trabajo. Datos que no servían de nada, pero de los que no era consciente antes.
Trabajaba como siempre, pero más despierto. El ordenador no buscaba tantas consultas ya. Había pequeñas notas de colores por el escritorio con datos recurrentes que necesitaba para su trabajo. La corbata ya no aparecía en su cuello uno de cada dos días y empezaba a cuidar una fina barba que perfilaba su cara y era objeto de miradas despectivas de sus compañeros. No se limitaba a hacer lo mismo siempre. Ahora cada mañana buscaba una calle diferente que le llevara al mismo lugar.
Pero ese no era el mismo lugar al que deseaba ir. Incluso cuando unos meses después volvió a encontrar la calle de los colores, no era igual, no parecía tan esplendida, tan viva. Y entonces se dio cuenta que buscaba esos ojos verdes que lo devoraban, esa sonrisa doblada que los acompañaba. Y no los encontraba. No estaban en aquella calle, no acompañaban a aquellas risas. Aquel día no, quizás mañana.
Ahora tenía una nueva rutina. Ahora se levantaba se arreglaba rápido sin siquiera afeitarse y tras su café corría hacia la calle de los colores y las cuerdas pero cada vez que llegaba no se volvía a iluminar. Quería que esos ojos le devolvieran la felicidad que había conocido. Escrutaba los rostros de todas las personas buscando en sus miradas la que le agitó el pecho pero no la encontró. Y los días pasaron sin saber como o qué ocurría.
Y ahora estaba tendido en la cama, lamentando su suerte, lamentando haber perdido el trabajo, lamentando haber sido embargado, lamentando haber terminado viviendo en aquel piso minúsculo que ni siquiera tenía agua caliente. Pero no ganaba nada con ello. No ganaba nada con lamentarse por no encontrar aquellos ojos que lo hicieran sentirse bien. Decidió darse una ducha fría, afeitarse y vivir por fin.
Todo iba mejor y por primera vez rió al salir de la cascada helada de la ducha, una risa natural que se tornó amarga en el momento que vio su reflejo en el espejo sin paño. Amarga e infinita, no paraba de reír, porque al fin en ese reflejo se volvió a encontrar con el color olvidado de sus propios ojos verdes.
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