A veces vale la pena detenerse por un momento y pensar acerca de las historias, de lo que leemos o deberíamos leer. No todos disfrutamos de abrir las paginas de un libro y disfrutar de su historia, disfrutar sumergiendonos en un mundo dibujado con letras pero que vemos como si estuviéramos allí, acompañando a Frodo en su odisea a través de la Tierra Media como el décimo acompañante, un espectador de las intrigas de Poniente, el ayudante del profesor Langdon en su búsqueda de sociedades secretas o el viajero que camina junto a Geralt de Rivia.
Somos todos ellos y más, estamos en todas esas historias en las que nos sumergimos, somos compañeros de todos esos personajes con los que nos identificamos o a los que seguiríamos ciegamente. Pero el trabajo más importante de un escritor, de un narrador, no es la historia que cuenta, sino el como nos la cuenta. De poco sirve el argumento más interesante jamás pensado si no hay manera de que las palabras nos dibujen el mundo en el que se desarrolla. Lo mismo al contrario, por muy bien que las palabras nos arrastren al mundo, no sirve de nada si no hay una historia que nos haga querer permanecer en él.
Incluso eso pasa con los pequeños relatos. Esas historias de una o dos páginas como mucho que nos quieren contar algo que se vería demasiado grandilocuente si lo extendiésemos demasiado, porque no requieren de muchas palabras, no requieren de un mundo enorme sostenido entre las letras, sino que solo requieren de la consistencias necesaria para la habitación, el parque o la playa donde ocurre ese momento que contamos.
Algunos incluso creemos que no tenemos capacidad de escribir más allá de unas pocas lineas, de contar historias simples, pero lo cierto es que cualquiera puede ser escritor. El ejemplo más simple que nos podemos encontrar con la misma creatividad es la acción más simple y antigua, una que aprendemos desde que somos pequeños: la mentira. Un escritor nos cuenta una mentira que decora y construye con mimo para hacernos creer que es real y cuando lo hace bien, nosotros, sus lectores, a pesar de saber que es una mentira, la creemos, nos sumergimos en ella y la vivimos.
Un escritor es un mentiroso que queremos que nos mienta, queremos que nos cuente historias bonitas, crueles, heroicas o utópicas. Ese es el inicio de todo escritor, el inicio para cualquiera que desea escribir, elegir la mentira que quiere contar. Y empezar a contarla, construyendo sobre ella, creando capa tras capa que recubra un fino hilo que nos llevará desde un extremo a otro.
Esas capas solo pueden construirse con las palabras, pues son las que conforman el mundo que se describe poco a poco y vive colgado entre las sílabas. Y aprendemos a usar esas palabras a base de ver como se usan, sumergiendonos en los mundos que otros escritores nos cuentan, empapándonos de una arquitectura hecha de aire y humo que se sostiene con mayor solidez que las montañas mismas.
Cualquiera puede ser un escritor porque cualquiera puede decir una mentira, pero no cualquier escritor puede escribir una obra, porque no todos son capaces de convertir esa mentira en un árbol que se extienda por las memorias y el mismo tiempo para no marchitarse nunca.
Somos todos ellos y más, estamos en todas esas historias en las que nos sumergimos, somos compañeros de todos esos personajes con los que nos identificamos o a los que seguiríamos ciegamente. Pero el trabajo más importante de un escritor, de un narrador, no es la historia que cuenta, sino el como nos la cuenta. De poco sirve el argumento más interesante jamás pensado si no hay manera de que las palabras nos dibujen el mundo en el que se desarrolla. Lo mismo al contrario, por muy bien que las palabras nos arrastren al mundo, no sirve de nada si no hay una historia que nos haga querer permanecer en él.
Incluso eso pasa con los pequeños relatos. Esas historias de una o dos páginas como mucho que nos quieren contar algo que se vería demasiado grandilocuente si lo extendiésemos demasiado, porque no requieren de muchas palabras, no requieren de un mundo enorme sostenido entre las letras, sino que solo requieren de la consistencias necesaria para la habitación, el parque o la playa donde ocurre ese momento que contamos.
Algunos incluso creemos que no tenemos capacidad de escribir más allá de unas pocas lineas, de contar historias simples, pero lo cierto es que cualquiera puede ser escritor. El ejemplo más simple que nos podemos encontrar con la misma creatividad es la acción más simple y antigua, una que aprendemos desde que somos pequeños: la mentira. Un escritor nos cuenta una mentira que decora y construye con mimo para hacernos creer que es real y cuando lo hace bien, nosotros, sus lectores, a pesar de saber que es una mentira, la creemos, nos sumergimos en ella y la vivimos.
Un escritor es un mentiroso que queremos que nos mienta, queremos que nos cuente historias bonitas, crueles, heroicas o utópicas. Ese es el inicio de todo escritor, el inicio para cualquiera que desea escribir, elegir la mentira que quiere contar. Y empezar a contarla, construyendo sobre ella, creando capa tras capa que recubra un fino hilo que nos llevará desde un extremo a otro.
Esas capas solo pueden construirse con las palabras, pues son las que conforman el mundo que se describe poco a poco y vive colgado entre las sílabas. Y aprendemos a usar esas palabras a base de ver como se usan, sumergiendonos en los mundos que otros escritores nos cuentan, empapándonos de una arquitectura hecha de aire y humo que se sostiene con mayor solidez que las montañas mismas.
Cualquiera puede ser un escritor porque cualquiera puede decir una mentira, pero no cualquier escritor puede escribir una obra, porque no todos son capaces de convertir esa mentira en un árbol que se extienda por las memorias y el mismo tiempo para no marchitarse nunca.
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