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Plagas I

 Salía del portal una mañana más, sin estar muy seguro de donde ir. Si la llamada de anoche tenía algo de cierto, debería pasar por los almacenes. Pero también sabía que las oficinas eran una parada obligatoria matutina. Y si quedaba tiempo antes de comer, el bar era la opción segura para encontrar información, aunque era la menos fiable de las tres fuentes.

Decidió confiar en la llamada anónima y fue al polígono industrial, donde ya quedaban pocas empresas haciendo sus negocios. Quedaban, eso sí una buena cantidad de naves parcialmente abandonadas, símbolo de la prosperidad que una vez tuvo la ciudad. Las que debía visitar eran unas naves de almacenaje que usaba una compañía de plásticos para guardar buena parte de lo que fabricaba para otras empresas antes de mandarles los envíos completos. En el marco de la puerta unos símbolos disimulados por el óxido de la puerta dejaban claro que en su día había estado protegido contra todo tipo de duendes, ávidos ladrones de todo lo que no estuviera atornillado al suelo. Y cuyo suelo no estuviera agarrado al cimiento también. Pero el deterioro por el paso del tiempo habían logrado que las protecciones perdieran fuerza, quizás incluso alguna de las puertas o ventanas ni siquiera pudiera contenerlos. 

Rodeó el edificio hacia los portones abiertos para buscar al capataz de obra. Sabía que habría un encargo y ya no era tan necesario que se colase dentro a buscar algún indicio, o incluso plantarlo con tal de sacar un contrato de control de plagas. No tardó en localizar al que más gritaba, más gesticulaba y menos se movía. Claramente el gerente de la nave y quien podría lubricar la firma de un contrato. Lo saludó con un gesto en cuanto se cruzaron sus miradas y le dirigió un gruñido que indagaba en los asuntos que le traían a la nave. Unas preguntas correctamente evitadas le confirmaron la existencia del problema que lo había llevado allí y tras una pequeña presentación y una explicación breve, sugirió conocer a alguno de los cargos de la fábrica que pudiera redactar el contrato para renovar las protecciones y limpiar cualquier indicio en el interior que pudiera quedar de las visitas indeseadas. Sin embargo el gerente, tras una mirada evaluativa, sacó el móvil para mandar un mensaje que casi parecía estar esperándose al otro lado, puesto que la respuesta no se hizo de esperar.

Mientras se marchaba del almacén iba mascullando el hecho de que solo le habían concertado una cita con el director de la planta para la mañana siguiente. Sabía que era más probable que pasara ahora. Una llamada a alguna empresa que pudiera responder a emergencias y en un par de horas los marcos de las puertas y las ventanas brillarían de nuevos con los símbolos recién tallados. Abrió el maletero y tras rebuscar en un par de tarros, los envolvió en una tela y dibujó con una pluma un símbolo en el exterior. Cerró el maletero y tras coger un poco de carrerilla lanzó el hatillo al tejado del almacén. Con suerte, si el hechizo hacia efecto, la estructura del edificio no podría ser alterada durante un par de días, incluso aunque la tela se la llevara el viento. 

Satisfecho de su medida de precaución, consultó la hora y sonrió al pensar que incluso tras la visita a las oficinas, le quedaría tiempo para unas cervezas antes de comer. 

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