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Caza III

 Sentía que la piel le ardía, que necesitaba arrancársela para no morir. Pero era incapaz de moverse, quería levantar las manos pero su cuerpo no le obedecía. Ni siquiera era capaz de abrir los ojos, para reconocer la fuente de las voces a su alrededor. Al final se perdieron en la niebla de la inconsciencia en la que volvía a caer sin poder evitarlo. 

Cuando al final regresó a la conciencia, no sentía tanto calor y las restricciones parecían haber desaparecido. Aunque no era lo único que echaba en falta. A su alrededor había un pesado silencio que contrastaba al sonido habitual al que estaba acostumbrado. El olor que dominaba el ambiente era el de la cueva de la tribu, pero se sentía demasiado grande. Con esfuerzo se incorporó y una punzada de dolor le atravesó la espalda y el brazo. Al llevarse la mano al lugar, se encontró la humedad de la pasta de hierbas que reconoció por el olor como la que usaban para las curas de heridas. Miró la cueva vacía y encontró cerca suya una cáscara con agua y algunas semillas que devoró al notar el hambre incipiente que había esperado su despertar para avisarle que estaba allí. 

Al flexionar la espalda para incorporarse notó un nuevo destello de dolor que casi lo dejaba sin respiración y notó al tacto que su espalda estaba cubierta de hojas y la misma pasta de hierbas que su brazo. Fue entonces cuando un destello fugaz de tropezar y el gruñido del lobo le golpeó con claridad, haciéndole comprender la situación en la que había estado y que los curanderos habían conseguido mantenerlo en este lado. A medias entre gatear y arrastrarse, se acercó a la entrada de la cueva, esperando encontrar a la gente en sus tareas diarias, viendo la cantidad de luz que ocultaba en la entrada la visión del exterior. 

Sin embargo en el exterior le esperaba una imagen desoladora. No había nadie allí y al mirar con algo más de detenimiento al interior de la cueva, tras acostumbrar sus ojos a la penumbra, pudo discernir que ni siquiera las pertenencias de otros estaban allí. Lo que le golpeó esta vez fue la certeza de que lo habían dejado atrás antes de trasladarse a la siguiente ubicación que los exploradores habían encontrado. Pero no era posible que fuera eso. Aún debía quedar una luna para ello.

Un sonido en la entrada de la cueva lo saco de su estupor y buscó la fuente del sonido mientras intentaba contener el dolor del brusco movimiento. Allí se encorvaba en pie uno de los mayores de la tribu, lo que confirmaba sus pensamientos. Al trasladarse la tribu, evitaban perder tiempo al trasladarse dejando a los más ancianos y los que no pueden moverse por sí mismos. Lo habían dejado atrás para morir lejos de la vista. El anciano, por el contrario parecía tener otras intenciones. Le arrastró con esfuerzo al lecho y le examinó las heridas mientras preparaba nueva pasta de hierbas. 

Con unas pocas indicaciones le hizo comer algunas semillas más y beber en pequeños sorbos. Había sobrevivido inconsciente durante la última luna y ahora tocaba la parte activa de la recuperación. Quizás habría una oportunidad para sobrevivir solos a partir de ahora.

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