Una de las herramientas más útiles de un prisionero era la paciencia. Porque por muchas ganas que hubiera de fugarse, tenías tiempo de sobra para hacerlo bien. Y si se te agotaba el tiempo es porque ibas a terminar siendo libre. De uno u otro modo.
Por eso, no importó que las primeras semanas las usara para estudiar la celda, para aprender los paseos de los guardias y para empezar a pensar en un plan con el que terminar escapando de las mazmorras del castillo. Lo primero que sabía era que estaba bajo tierra. Varios pisos teniendo en cuenta la cantidad de escaleras que había bajado y que no había ni respiradero en su celda. Pero desconocía si detrás de la pared había tierra o roca.
Cuando ya tenía claro la base del plan de fuga, empezó a trabar amistad con uno de los guardas. El más simple de todos que aunque tenía claro que no debía dejarlo salir de la celda, después de unas semanas, consiguió que accediera a llevarle tablillas y un trozo de carbón para dibujar algo y pasar el tiempo. Parecía un pasatiempo suficientemente inocente y no implicaba abrir la puerta, así que al final terminó teniendo cada semana una nueva tablilla y un trozo de carbón más pequeño que el dedo.
Aunque no es que no abrieran su puerta. Cada varios días dos guardias la abrían para cambiarle el cubo donde hacer sus necesidades. Cualquiera diría que era algo que importase poco a un preso, pero si tienes que sobrevivir como puedas, mejor hacerlo en un sitio que de vez en cuando no huele a orines y excrementos que en uno que lo haga a todas horas. Quizás podría decirse que era el único trato que hacía pensar a los guardias que lo que había en las celdas eran personas y no bestias, aunque la prisión oliera como si estuviera llena de ellas.
Las tablillas le servían para dibujar, pero si las frotabas contra la piedra del suelo un rato, al final terminaban siendo suficientemente delgadas como para poder rascar la argamasa entre las piedras del rincón. Tras unos meses de paciente trabajo y mezclar el polvo que no podía ocultar en los rincones con el contenido del cubo consiguió soltar varias piedras que dejaban en la pared un hueco suficiente como para que pasase sin demasiado esfuerzo. Empezaba en ese momento la siguiente fase y la que más paciencia requería.
Fueron años lo que tardó en ir sacando tierra, poco a poco, echando un poco cada día en el cubo sin que notaran los guardias que había algo que no había salido de él. Cuando todo estuvo listo esperó a la noche, apartó las piedras y se dirigió al final del túnel y rompió la superficie. Había tenido mucha suerte de que era tierra la mayoría de terreno y que a medida que iba cavando, iba compactando las paredes del túnel. También era una suerte que no se derrumbase ninguna parte del túnel ni una sola vez. Por eso, a la mañana siguiente, cuando encontraron la celda vacía y el túnel abierto, no tardaron en encontrar la salida gracias al perro que lo recorrió y siguió el rastro hacia un bosquecillo cercano.
Varios días después, cuando se rindieron en la búsqueda al no poder los perros encontrar por donde había desaparecido, en plena noche se abrió un agujero no muy lejos de donde habían sellado el anterior túnel. Con paciencia había excavado una desviación en la que se había escondido tras cerrar la conexión con el principal y ahora, muerto de hambre y sed miraba al cielo, que le parecía excesivamente iluminado tras la oscuridad de su agujero. Se dio la vuelta para despedirse con un teatral gesto de su hogar de los últimos años y la imagen que le despidió fueron las llamas que consumían el castillo y eran la causa de la iluminada noche en su fuga real.
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