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Plagas II

 Las oficinas eran un lugar que por fuera podían no destacar con su entorno, pero en su interior era un ambiente en el que cualquiera en entrase, tendría una ganas enormes de dar media vuelta antes de que el segundo pie terminase de cruzar la puerta. Y era principalmente a causa de los elfos. No porque impactasen con su seriedad y formalidad mientras los veías trabajar al otro lado del mostrador de recepción. Más bien, lo que hacía huir a la gente eran las miradas asesinas que todos clavaban a quien entrase por la puerta sin ser elfo. 

 Y eso era lo que recibía él ahora mismo mientras se dirigía hacia la recepcionista. Por suerte, la oleada de mirada solo duraba un momento. No podían permitirse desviar la mirada de su trabajo más tiempo y seguro que la compañía les consideraba esa pausa como si fuera un descanso para fumar. La única que seguía intentando ver la calle a través de su cabeza era la encargada de recibir a los visitantes que habían resistido lo suficiente las ganas de salir corriendo como para llegar al mostrador. Contestó con una sonrisa a la mirada de la recepcionista y antes de que ella resolviera hacerla más física, dio su nombre y la hora de su cita. Con un gesto rígido que no disminuía el odio, y quizás le parecía notar algo de asco, de los ojos tras la recepción, siguió el camino indicado hacia el ascensor. 

No era su primera vez allí. Había buscado encargos con las distintas directoras que trabajaban en las oficinas. Y es que allí, al fin y al cabo, se reunían las oficinas de administración de media docena de multinacionales gestionadas por los elfos, formando una alianza que no trascendía a la mayoría del mundo porque sus asuntos se gestionaban en secreto tras las puertas entre las directivas que estaban en las oficinas. La única manera de saber algo era que te dejaran pasar esas puertas y para eso debías ser un elfo trabajando allí o, como pasaba con él, tener la cara tan dura que abrieses la puerta en mitad de una reunión y pidieras trabajo sin que se encargaran de ti de la peor manera.

El timbre de llegada a planta lo sacó de los recuerdos de su primer encuentro con la seguridad privada del edificio. Se dirigió por el pasillo hacia el despacho la directora de una de las empresas líderes en mensajería, no sin dejar de notar algunas miradas punzantes de los oficinistas que no estaban enfrascados en sus asuntos. Llamó a la puerta y cuando le dieron permiso para entrar se giró buscando las miradas que aún seguían fijas en él y les dedicó un guiño y un beso cariñoso antes de entrar. Quizás fuera por eso que el ansia asesina contra él era mayor en la planta que en la entrada. 

Mientras se sentaba, intercambió las fórmulas de cortesía habituales, tan mecánicas como el sonido del reloj en la pared. Aunque ella lo toleraba lo justo como para permitirle sentarse, era una elfa de los pies a la cabeza. Racista hasta el extremo de que cualquiera que no fuera pura sangre élfica era tan inferior que no merecía respirar el mismo aire. Con unas ideas acerca de lo que hacer con los seres inferiores tan cerca de violar todos los tratados internacionales, que ni se molestaba su raza en intentar la política. Todos sabían que esperar de las ideologías élficas que cuando aparecía alguien de los suyos que no las compartía, el mundo dudaba tanto que al final comulgaba con los suyos. 

Procuró que la reunión fuera lo más concisa y breve posible. Ella no lo quería allí y el no quería seguir bajo una mirada que en cualquier momento podría perforarlo físicamente a causa de la intensidad. Al final, un contrato de revisión de las defensas de los tres centros de organización y distribución que había en la ciudad y limpieza de cualquier plaga encontrada, todo bajo tarifa estándar. O lo que es lo mismo, pagándole menos por el trabajo y encima tenía que dar las gracias, siendo lo último no negociable. Pero al menos tenía un trabajo que nadie más iba a poder quitarle, así que era hora de la última parada de la mañana, para la que aún tenía tiempo suficiente.

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