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Travesía I

 Las olas mecían el barco con fuerza. La tormenta estaba prácticamente encima y el sustancial incremento en la fuerza del oleaje hacía que la tripulación, acostumbrada a lidiar con aguas bravas, empezara a tener dificultades. Para él, un simple pasajero, era poco más que una tortura en la que el suelo estaba en todas direcciones menos bajo sus pies. 

Había decidido comprar un pasaje en Lisboa para un barco rumbo a las colonias americanas. El barco en el que iba a ir se dedicaba al transporte de mercancías para comercio, pero contaba con algunos camarotes privados para hacer el viaje con algunas personas que quisieran aventurarse en el nuevo mundo. En su caso la aventura le llevaba allí por motivos de trabajo. Debía buscar a una dama que había decidido escapar embarazada de un hijo ilegítimo y varias reliquias familiares de un noble con bastante influencia en la corte. No era un secreto la aventura de ambos y se había rumoreado mucho sobre una ceremonia para formalizar su unión. Pero el propio hijo del noble se oponía y exigía una decena de condiciones para contenerse de hacer un escándalo con su padre. 

Al final, el escándalo había saltado solo. Sin estar casados, ella había quedado embarazada y el hijo había comenzado a esparcir rumores, acusaciones de un pasado turbio y al final, muchos les dieron la espalda y murmuraban sin tapujos para que se retirasen y dieran al hijo los títulos y posesiones del padre. Él tuvo difícil soportar el traspaso de confianza en la corte a su hijo y terminó quitándose del medio. De manera terriblemente efectiva y definitiva. Ella, ante la situación, decidió huir, tomando algunas reliquias que el recién ascendido noble consideraba de su propiedad por tradición familiar y no del bastardo no nato de su padre con la dama. 

Y ahí estaba él ahora. En un barco que parecía saltar entre las olas como un bufón que ha terminado de perder la cordura, con truenos sonando como si desgarraran el cielo y una lluvia torrencial que había conseguido calar hasta los camarotes. A ratos se encomendaba a Dios, a ratos no sabía a quien encomendarse y el resto del tiempo estaba inclinado sobre la palangana echando tanto que se encomendaba a si mismo para evitar echar las cosas que debían permanecer dentro del cuerpo. 

El crujido que se escuchó antes de que pudiera terminar de soltar su abrazo a la palangana, sonó mucho más temible que cualquiera de los truenos anteriores. Principalmente porque era el sonido de madera astillándose y provocando una sacudida a la nave que hizo que terminase tirado sobre el camastro, aún con el abrazo férreamente cerrado a un contenedor que había volcado todo su contenido por el camarote. Un nuevo crujido y otra fuerte sacudida lo lanzó de nuevo, solo que lo que aterrizó contra la pared fue primero su cabeza y la tormenta se llevo su consciencia a un lugar oscuro. 

Lo despertó el graznido de gaviotas. Aún estaba en el camarote y por el ojo de buey lo miraba una gaviota que le graznaba como un gallo matutino. Y es que desde fuera entraba el brillo de una mañana clara. Terminó de asentar sus sentidos el hecho de que el camarote estaba totalmente quieto, nada del balanceo leve de la navegación, sino una firmeza más propia de tierra que del oleaje. El suelo aun tenía una capa de agua y la cabeza le dolía del golpe que había recibido tan injustamente, pero se dirigió como pudo hacia la puerta y la abrió esperando salir a lo que quedaba del barco. La sorpresa mayor fue encontrar que lo que quedaba del navío era su camarote, como perfectamente arrancado, apoyado en la arena y levemente hundido en el mar. El resto a su alrededor era una playa inmaculada y un bosque donde comenzaba la transición a tierra. 

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