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El ojo de la tormenta

Es curioso esos momentos de calma que a veces te inunda cuando se cumplen una serie de condiciones. Para muchos la vida es una constante de estrés, de situaciones en las que no paras, que te envuelven y terminas por no saber desde que lado te golpean. En esos momentos todos tenemos un lugar donde terminamos volviendo, donde toda la vorágine del día a día queda en un rumor sordo que pone música de fondo a la calma.

Sin embargo ese lugar no siempre es el mismo, suele cambiar según vamos creciendo. Cuando somos unos infantes ese lugar suele estar cerca de nuestra madre, a medida que crecemos del hogar familiar, el lugar cambia hacia nuestro propio hogar o hasta la persona con la que decidimos compartir la vida. Pero como todas las cosas de la vida, no hay nada inmutable más que la muerte, por lo que ese remanso de calma es tan mutable para algunos como la dirección del viento en plena tormenta.

Como también hay tan grande variedad de personas, hay posibilidad de que algunos ni siquiera logren nunca encontrar su lugar de paz, que vivan siempre sumergidos en el estrés y la eterna acumulación de problemas. Y si no lo encuentran puede ser porque no saben mirar, no se atreven a mirar o no son capaces de ver el lugar que se les presenta.  Pueden ser gente que prefiere centrarse en lo misera que es su vida o en lo mísera que puede ser vida de los demás. Incluso habrá quienes solo encuentren paz, tranquilidad y felicidad en romper los lugares de paz del resto de gente a su alrededor.

Lo importante de esto es posiblemente el mensaje al que me quiero referir con tanta palabra. Se trata de encontrar y adaptar ese lugar de calma que tanta falta le hace a las personas para mantener la cordura en un mundo de locura que no hace mas que rodearnos e intenta devorarnos como una bestia hambrienta y sedienta de cualquier atisbo de felicidad y calma que podamos poseer.

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