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Homo homini lupus

Cuando buscando alguna cosa terminas buceando en recuerdos, archivos u objetos que olvidaste, a veces encuentras alguna cosa que te hace pensar ¿de verdad era yo así? o incluso ¿de verdad eran así los demás? Encontramos cosas que nos avergüenzan o incluso que nos arrancan una sonrisa al pensar en esa persona que a día de hoy desconocemos aunque sean los mismos ojos que lo vieron por primera vez los que estén volviendo a verlo después de tantos años.

A veces encontramos cosas que en lugar de una dulce sonrisa producto de un recuerdo entrañable podemos encontrar algo que nos fruñe el ceño con cierta amargura. Normalmente fruto de un conflicto con alguien en nuestro pasado que se avino a amenazas, acusaciones o intentar imponer una superioridad que no poseía. Son los esqueletos que todos terminamos en un momento u otro de nuestra vida guardando en el armario.

Pero ¿qué es lo que hace que surja ese odio, ese resentimiento de unos contra otros? Porque es algo que aceptamos como natural. La envidia hacia lo que tienen los demás siempre aparece, por mucho que nosotros tengamos. Por esa envidia, junto con la avaricia, que no es más que una envidia abusiva que desea tener lo que tienen los demás y evitar que puedan tenerlo, se alzan los brazos en pos de guerras. Las tribus se alzaban en busca de terrenos nuevos para ganar poder, prestigio y espacio para ser más grandes e iban a la guerra con sus jefes a la cabeza. La cristiandad alzó sus brazos armados para conquistar tierras que deseaban reclamar como suyas o de sus antepasados, aunque estos no hubieran sabido jamás lo grande que era el mundo, pero se trataba de la avaricia de poseer las tierras que otra fe tenía para vivir, e iban a la guerra con sus reyes y nobles tras ellos para dirigirlos. Los países de la actualidad se alzan en busca de recursos por el mero hecho de obtenerlo con el mayor beneficio posible, alzando las armas y enviando a los soldados a la guerra mientras sus líderes ni siquiera conocen la horrible verdad del frente armado.

Y es así, el tiempo pasa y las guerras cambian. de palos y piedras a bombas y rifles pasando por espadas y escudos. Y a medida que las guerras cambian los líderes pasan de ser los más bravos, los que están en primera línea, inspirando y luchando codo con codo con sus soldados a ser personas con traje cuyo único arma han esgrimido ha sido un abrecartas con el que abrir el sobre de los beneficios que llegan a mitad de mes. Nuestros odios, alimentados por la codicia y la envidia hacen que veamos a otras personas diferentes, demasiado diferentes para pararnos a pensar que existen vías de amistad. Son los sustitutos de los líderes que antaño velaban por el bien de los suyos los que nos inculcan ese odio de todas las maneras a su alcance porque ahora, lejos en el tiempo y la forma de aquellos a los que sustituyen, el único bien por el que se desvelan es por el de su propio bolsillo. 

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