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Las aguas del Mnemósine I

Los primeros recuerdos que me suelen embargar son aquellos de mi infancia en la abadía. Era uno de esos típicos niños cuyos padres no pueden encargarse de él y por ello lo dejan a la puerta de abadías e iglesias con la esperanza de que puedan tener una vida mejor. Eramos tres niños en situación similar por aquel entonces.

El mayor era Joseph que en aquel momento contaba con unos 7 u 8 años, de rostro enjuto y pelo espeso, lacio y castaño. Tendía a dejarlo crecer hasta que alguno de los monjes lo ponían en un taburete y se lo cortaban. Con los años creció espigado, más amante de los libros que de las labores físicas. Lo habían abandonado recién nacido, como me pasó a mi, con la esperanza de que los monjes lo criaran para convertirse en uno de ellos. Su padre quiso encontrarle una vida y no quiso complicarse demasiado la suya. Eso era lo único que sabía de su ascendencia.

El que lo seguía en edad era Karl, que tenía un año menos que Joseph. Era en ese entonces un niño algo corpulento, casi rollizo, pues aunque los monjes le impedían comer de más, siempre se las ingeniaba para estar mascando alguna cosa. Tenía el pelo rubio y un acento bastante marcado del norte de Europa, aunque en aquellos momentos para mi, no tenía mucho sentido la denominación geográfica, pues mi mundo se limitaba a los muros de la abadía. Había escuchado de algunos monjes que su familia eran mercaderes acomodados del norte y que decidieron viajar al sur en busca de nuevos negocios. Sin embargo, como me entere algunos años más tarde, habían sido objeto de salteadores que tras robarles y violar a su madre, los fueron a matar a todos, aunque por suerte, su padre pudo hacer que su hijo escapase. El niño no miró atrás, por lo que no vio como su progenitor también sufrió la misma suerte que los demás, sino que se alejó todo lo que pudo lo más rápido posible. Al final llegó a las puertas de la abadía, tras unos días, según contó cuando llegó, de caminar por bosques y montes.

Por último estaba yo. con unos cuatro años, procurando escabullirme por todos los rincones que encontraba en la abadía. Desde que tengo memoria, me había preguntado que habría más allá de los muros que rodeaban el bucólico lugar de mi niñez y en aquel entonces no podía esperar a crecer para descubrirlos. A pesar de mi edad, mi curiosidad y mi testarudez hicieron que me enseñaran los misterios de las letras a la par que a los otros dos niños, descubriéndome así el mundo de la lectura, en el cual gustaba de perderme con los textos almacenados en la biblioteca. En cuanto a mis padres, mi caso era más parecido al de Joseph, mi madre me había dejado allí en el monasterio sin explicación alguna, solo mi nombre. Eso era lo que me contaban. Más tarde conocería la verdad, pero es algo que aún no entra en esta historia.

Una de las cosas que recuerdo con claridad de mi infancia en la abadía, más allá de ayudar con los cultivos o los animales, eran mis escapadas silenciosas a la biblioteca para encontrar entre los textos sacros aristotélicos, otros ocultos de escritura extraña o con ideas complejas que por lo poco que podía entender, contradecian algunas veces lo que leía de los textos que el abad o el bibliotecario nos permitía leer. Recuerdo haber prestado atención cuando los monjes hablaban a veces de los libros en susurros y de escuchar que la abadía dedicaba sus scriptorium no solo a copiar textos sacros y documentos oficiales, sino que ganaban algo de dinero extra para el mantenimiento y las provisiones siendo un poco más abiertos de mente al aceptar textos heréticos. No supe en aquel momento que era a lo que se referían con aquello, pero hoy, tantos años después, comprendo que fue la principal razón de lo que ocurrió años más tarde.

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