Quizás la manera más evidente que tuve de aprender la verdad sobre las copias heréticas fue cuando contaba con casi mi segundo lustro. Joseph se había decantado por aceptar la vida monástica y en cuanto cumpliera los 15 haría los votos. Karl por el contrario prefería la vida fuera de la abadía. Deseaba entrar en el ejército en cuanto tuviera ocasión. En su fuero interno quizás lo que más le empujaba a ello era poder proteger a otros como no había podido proteger a sus padres. Por lo que supe años mas tarde, había conseguido entrar en el ejercito y ascender por sus méritos, pero es una parte de la historia a la que aún no hemos llegado.
Aún estamos en la abadía. Joseph ayuda a diario al bibliotecario, un anciano de casi 60 años que llevaba toda su vida cuidando de los libros que otros monjes copiaban. Lo cierto es que a parte del abad y algún otro monje de más edad, el resto de habitantes de la abadía lo conocíamos simplemente por el cargo que ocupaba. En cuanto a Karl, buscaba la más mínima excusa para salir de la abadía y acompañar a los monjes que hacían negocios en la villa cercana.
Yo por mi parte, ayudaba con las tareas simples, barriendo, cuidando el huerto o a los animales. Lo que los años habían traído de bueno era que podía hacer las tareas más rápido, por lo que contaba con más ratos libres que dedicaba a la lectura o, cuando podía, aprender los números con ayuda de Karl. Hubo un día en especial en el que me encontraba descansando junto al pozo, con una copia basta y muy usada de las memorias de un viajero que había ido hacia el Este. Ensimismado estaba en la descripción del viaje cuando vi que un visitante entraba a la abadía. No hubiera sido motivo de mi curiosidad si no hubiera entrado por una pequeña portezuela en la parte de atrás del muro de la abadía y lo llevaran adentro a través de las cocinas.
Intrigado, deje el libro en el borde del pozo y con disimulo entre tras el embozado visitante y su guía. Los vi entrar a uno de los scriptorum del claustro y, al acercarme a la puerta y pegar la oreja, los escuché reunirse con uno de los monjes encargados de las copias "especiales". No pude entender gran cosa de los susurros que salían de la habitación por mucho que intentaba pegar con más fuerza la oreja. Estaba en tal estado de concentración de entender las voces que casi no me da tiempo a comprender los sonidos que indicaban que se dirigían a la puerta. Con el tiempo justo me oculte tras el murete del claustro y vi salir al visitante con los dos monjes.
En cuanto se alejaron un poco, vi de reojo que a través de la puerta abierta, en la mesa del scriptorium, había un libro de tapas oscuras decorado. La curiosidad pudo más que ninguna otra cosa y en el mayor silencio entré a la habitación y me dirigí hacia el libro. Contemplé con reverencia la cubierta, casi con miedo a tocarla, pero un impulso inesperado de mi juvenil curiosidad me hizo abrirlo por la mitad. Ante mí las paginas mostraban unas lineas sinuosas, como garabatos de quien intenta escribir rápido. No podía entender nada, aunque sabía, por otros libros que había visto a escondidas en la biblioteca que era la escritura de otro idioma. Sin embargo lo que más me emocionó del libro fueron las ilustraciones que rodeaban las páginas y que adornaban algunos trozos de la página.
Mi ensimismamiento y mi incursión se vieron truncados rápidamente tras sentir el coscorrón que el monje escriba me propinó antes de cerrar el libro, guardarlo y arrastrarme hasta la presencia del abad. No era la primera vez que me metía en líos, pero aquella fue una de las veces que peor lo pasé por la bronca que me cayó.
Aún estamos en la abadía. Joseph ayuda a diario al bibliotecario, un anciano de casi 60 años que llevaba toda su vida cuidando de los libros que otros monjes copiaban. Lo cierto es que a parte del abad y algún otro monje de más edad, el resto de habitantes de la abadía lo conocíamos simplemente por el cargo que ocupaba. En cuanto a Karl, buscaba la más mínima excusa para salir de la abadía y acompañar a los monjes que hacían negocios en la villa cercana.
Yo por mi parte, ayudaba con las tareas simples, barriendo, cuidando el huerto o a los animales. Lo que los años habían traído de bueno era que podía hacer las tareas más rápido, por lo que contaba con más ratos libres que dedicaba a la lectura o, cuando podía, aprender los números con ayuda de Karl. Hubo un día en especial en el que me encontraba descansando junto al pozo, con una copia basta y muy usada de las memorias de un viajero que había ido hacia el Este. Ensimismado estaba en la descripción del viaje cuando vi que un visitante entraba a la abadía. No hubiera sido motivo de mi curiosidad si no hubiera entrado por una pequeña portezuela en la parte de atrás del muro de la abadía y lo llevaran adentro a través de las cocinas.
Intrigado, deje el libro en el borde del pozo y con disimulo entre tras el embozado visitante y su guía. Los vi entrar a uno de los scriptorum del claustro y, al acercarme a la puerta y pegar la oreja, los escuché reunirse con uno de los monjes encargados de las copias "especiales". No pude entender gran cosa de los susurros que salían de la habitación por mucho que intentaba pegar con más fuerza la oreja. Estaba en tal estado de concentración de entender las voces que casi no me da tiempo a comprender los sonidos que indicaban que se dirigían a la puerta. Con el tiempo justo me oculte tras el murete del claustro y vi salir al visitante con los dos monjes.
En cuanto se alejaron un poco, vi de reojo que a través de la puerta abierta, en la mesa del scriptorium, había un libro de tapas oscuras decorado. La curiosidad pudo más que ninguna otra cosa y en el mayor silencio entré a la habitación y me dirigí hacia el libro. Contemplé con reverencia la cubierta, casi con miedo a tocarla, pero un impulso inesperado de mi juvenil curiosidad me hizo abrirlo por la mitad. Ante mí las paginas mostraban unas lineas sinuosas, como garabatos de quien intenta escribir rápido. No podía entender nada, aunque sabía, por otros libros que había visto a escondidas en la biblioteca que era la escritura de otro idioma. Sin embargo lo que más me emocionó del libro fueron las ilustraciones que rodeaban las páginas y que adornaban algunos trozos de la página.
Mi ensimismamiento y mi incursión se vieron truncados rápidamente tras sentir el coscorrón que el monje escriba me propinó antes de cerrar el libro, guardarlo y arrastrarme hasta la presencia del abad. No era la primera vez que me metía en líos, pero aquella fue una de las veces que peor lo pasé por la bronca que me cayó.
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