Siempre resulta curioso el ver a la gente con una sonrisa aunque la tristeza los pudra por dentro. Es parte del comportamiento social el intentar parecer felices ante los demás que se convierte en un mecanismo automático que la gente usa. Tan importante es que si no es una sonrisa lo que muestras cuando hablas, todos hacen como que se preocupan y se desviven por preguntar que es lo que esta pasando.
A veces ese comportamiento me recuerda a las típicas series americanas de barriadas residenciales en las que todo debe ser perfecto. Todos deben llevar esa máscara de que todo les va perfecto ante los demás, forzándose para amoldarse al comportamiento que socialmente debe ser el aceptado. Se acepta que pierdas la sonrisa solo si algo te afecta en un grado que pueda hacerse publico y solo durante un tiempo considerado el aceptable. Cualquier otra convicciones creas poder tener, socialmente se acepta que debas mostrar una sonrisa, pues no es suficientemente importante para que no sonrías. En ese mismo orden se encuentran las respuestas automáticas que desde pequeños aprendemos a dar, sea por miedo, por evitar mas preguntas o por mera convicción.
Aprendemos con tanto ahínco a amoldarnos a los demás por el miedo a la exclusión que se puede decir que el juego de máscaras es la primera habilidad que nos enseñan siendo infantes. Las apariencias dictan a los infantes que no importan, pero a continuación les limpian la cara, les arreglan la ropa y les piden que sonrían, pues hay que dar buena imagen. Al parecer imagen y apariencia son dos elementos diferentes.
Esta tan implantado en nuestra educación social este juego de máscaras que si rehuyes a jugarlo en las mismas reglas que todo el mundo, te tachan de rareza despectivamente, te dan la espalda en los grupos, porque debes ser un jugador como todos los demás. Porque la sociedad tiene miedo a quienes no tienen miedo a ser frívolos y que no ocultan la verdad de sus sentimientos. Les recuerda a todos los jugadores que no hay consecuencias vividas por mostrarse tal como son, solo un rechazo social que cada vez es menos efectivo como castigo.
Y es que cada vez la sociedad avanza a un estado de soledad, de falsa sociabilidad gracias a las redes "sociales". Cada vez es menos el efecto que tiene estar solo pues la globalización de esta nueva "socialización" permite que los que deciden que las mascaras no rijan su vida se conecten, se reúnan y aunque no hagan un verdadero contacto en buena parte de los casos, no se sientan solos o únicos, pues eso es lo que les han enseñado que esta mal.
Dejar a un lado el juego de máscaras puede ser un paso adelante a la sociedad, mostrarse como son unos a otros puede ayudar al entendimiento, Puede ayudar a darnos cuenta que por mucho que nuestra imagen exterior sea diferente, sentimos, pensamos y actuamos igual, movidos por la misma maquinaria de músculo y sangre. Pero no todo serían flores y colores alegres, pues lo bueno que sale, deja a lo malo listo para saltar. ¿Merecería entonces la pena el riesgo?
A veces ese comportamiento me recuerda a las típicas series americanas de barriadas residenciales en las que todo debe ser perfecto. Todos deben llevar esa máscara de que todo les va perfecto ante los demás, forzándose para amoldarse al comportamiento que socialmente debe ser el aceptado. Se acepta que pierdas la sonrisa solo si algo te afecta en un grado que pueda hacerse publico y solo durante un tiempo considerado el aceptable. Cualquier otra convicciones creas poder tener, socialmente se acepta que debas mostrar una sonrisa, pues no es suficientemente importante para que no sonrías. En ese mismo orden se encuentran las respuestas automáticas que desde pequeños aprendemos a dar, sea por miedo, por evitar mas preguntas o por mera convicción.
Aprendemos con tanto ahínco a amoldarnos a los demás por el miedo a la exclusión que se puede decir que el juego de máscaras es la primera habilidad que nos enseñan siendo infantes. Las apariencias dictan a los infantes que no importan, pero a continuación les limpian la cara, les arreglan la ropa y les piden que sonrían, pues hay que dar buena imagen. Al parecer imagen y apariencia son dos elementos diferentes.
Esta tan implantado en nuestra educación social este juego de máscaras que si rehuyes a jugarlo en las mismas reglas que todo el mundo, te tachan de rareza despectivamente, te dan la espalda en los grupos, porque debes ser un jugador como todos los demás. Porque la sociedad tiene miedo a quienes no tienen miedo a ser frívolos y que no ocultan la verdad de sus sentimientos. Les recuerda a todos los jugadores que no hay consecuencias vividas por mostrarse tal como son, solo un rechazo social que cada vez es menos efectivo como castigo.
Y es que cada vez la sociedad avanza a un estado de soledad, de falsa sociabilidad gracias a las redes "sociales". Cada vez es menos el efecto que tiene estar solo pues la globalización de esta nueva "socialización" permite que los que deciden que las mascaras no rijan su vida se conecten, se reúnan y aunque no hagan un verdadero contacto en buena parte de los casos, no se sientan solos o únicos, pues eso es lo que les han enseñado que esta mal.
Dejar a un lado el juego de máscaras puede ser un paso adelante a la sociedad, mostrarse como son unos a otros puede ayudar al entendimiento, Puede ayudar a darnos cuenta que por mucho que nuestra imagen exterior sea diferente, sentimos, pensamos y actuamos igual, movidos por la misma maquinaria de músculo y sangre. Pero no todo serían flores y colores alegres, pues lo bueno que sale, deja a lo malo listo para saltar. ¿Merecería entonces la pena el riesgo?
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