En las historias se habla de la mar, una amante caprichosa que embelesa a los marineros para que siempre vuelvan a ella cada vez que pisen tierra. Es un mito ampliamente extendido en los puertos y ciudades costeras. Pero no se acerca a la realidad. Los mares en realidad solo son una pequeña parte del océano y lo cierto es que a él poco le importan los marineros o en general cualquiera que embarque en viaje marítimo.
Océano prefería viajar solo, empujado por las corrientes y cabalgando las olas cuando el viento las levantaba. Pero Cielo le había pedido un encargo, recoger a los hermanos. Los miró con el ceño fruncido mientras mantenia agarrada la caña del timón. Los había recogido en el continente de poniente, donde siempre solian terminar todas sus correrias y travesuras tras irritar a Cielo. Aunque hacía unos siglos que no los había vuelto a ver. Ahora se encontraban los dos encadenados sobre la cubierta, a distancia. Al parecer había pasado algo en su última travesura que los había enemistado y Sol, tan rencorosa y vengativa como siempre, había arrasado las tierras en una larga persecución de Luna, que se encogía intentando mantenerse lo más lejos posible de su hermana.
"A ver mocosos. ¿Que ha pasado entre vosotros para que hicierais tantos destrozos?"
Luna se encojió más si cabe y la mirada de Sol centelleo con rabia.
"Este estúpido. Tuvo que dejar caer una de las perlas encima del templo y en lugar de pedir perdón solo se le ocurre echarme la culpa ante Cielo antes de huir a esconderse." -la mirada feroz que dirigía a Luna dudó por un momento al darse cuenta de donde estaban encadenados- "¿Por qué nos llevas en su nave? ¿No tuvo bastante con azotarme antes de que pudiera ir tras este escombro?"
"Solo se que me pidió que os recogiera." -Océano se encogió de hombros, tampoco le interesaba lo que ocurriese una vez los dejase con Cielo- "Una vez os deje con él yo volveré a lo mio."
Procuró emplear un tono tajante que dejara la conversación en ese punto. Nunca había sentido animadversión por los hermanos, pero tampoco les profesaba simpatía o lástima. Eran dentro de los inmortales de los más jóvenes, solo seguidos por Desierto y por Eco. No sabría decir con certeza cual era el origen de que fueran inmortales, pero una vez se demostraba que pasaban su primer siglo sin morir, con mayor o menor grado de juventud, eran acogidos por los demás y se les cambiaba el nombre, al gusto de cada uno. Siempre se había preguntado como habría descubierto Cielo todo, pues había sido el único que le había dado la bienvenida a la inmortalidad antes de que aparecieran los demás.
Algún día lo hablaría, o al menos intentaría hablarlo con él, como llevaba intentandolo los últimos dos milenios. Con un suspiro dirigió el barco hacia la isla que se encontraba en el centro del mar interior. No había gran cantidad de habitantes en el continente, a diferencia de los demás, pero los pocos que había procuraban mantenerse alejados de la isla, sobretodo de la casa que coronaba el monte en el centro de la isla y su morador. Pero no Océano, para él, ese sitio era el destino de su viaje.
Océano prefería viajar solo, empujado por las corrientes y cabalgando las olas cuando el viento las levantaba. Pero Cielo le había pedido un encargo, recoger a los hermanos. Los miró con el ceño fruncido mientras mantenia agarrada la caña del timón. Los había recogido en el continente de poniente, donde siempre solian terminar todas sus correrias y travesuras tras irritar a Cielo. Aunque hacía unos siglos que no los había vuelto a ver. Ahora se encontraban los dos encadenados sobre la cubierta, a distancia. Al parecer había pasado algo en su última travesura que los había enemistado y Sol, tan rencorosa y vengativa como siempre, había arrasado las tierras en una larga persecución de Luna, que se encogía intentando mantenerse lo más lejos posible de su hermana.
"A ver mocosos. ¿Que ha pasado entre vosotros para que hicierais tantos destrozos?"
Luna se encojió más si cabe y la mirada de Sol centelleo con rabia.
"Este estúpido. Tuvo que dejar caer una de las perlas encima del templo y en lugar de pedir perdón solo se le ocurre echarme la culpa ante Cielo antes de huir a esconderse." -la mirada feroz que dirigía a Luna dudó por un momento al darse cuenta de donde estaban encadenados- "¿Por qué nos llevas en su nave? ¿No tuvo bastante con azotarme antes de que pudiera ir tras este escombro?"
"Solo se que me pidió que os recogiera." -Océano se encogió de hombros, tampoco le interesaba lo que ocurriese una vez los dejase con Cielo- "Una vez os deje con él yo volveré a lo mio."
Procuró emplear un tono tajante que dejara la conversación en ese punto. Nunca había sentido animadversión por los hermanos, pero tampoco les profesaba simpatía o lástima. Eran dentro de los inmortales de los más jóvenes, solo seguidos por Desierto y por Eco. No sabría decir con certeza cual era el origen de que fueran inmortales, pero una vez se demostraba que pasaban su primer siglo sin morir, con mayor o menor grado de juventud, eran acogidos por los demás y se les cambiaba el nombre, al gusto de cada uno. Siempre se había preguntado como habría descubierto Cielo todo, pues había sido el único que le había dado la bienvenida a la inmortalidad antes de que aparecieran los demás.
Algún día lo hablaría, o al menos intentaría hablarlo con él, como llevaba intentandolo los últimos dos milenios. Con un suspiro dirigió el barco hacia la isla que se encontraba en el centro del mar interior. No había gran cantidad de habitantes en el continente, a diferencia de los demás, pero los pocos que había procuraban mantenerse alejados de la isla, sobretodo de la casa que coronaba el monte en el centro de la isla y su morador. Pero no Océano, para él, ese sitio era el destino de su viaje.
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