Lluvia, en una ciudad de rascacielos bajo un cielo gris. En uno de ellos, tras una ventana, una taza humeante con un café recién hecho. A su lado ella, con el pelo recogido en un moño atrapado por un lápiz azul. Viste cómoda, con su pijama, mientras dibuja en un papel apoyado en la carpeta sobre sus piernas cruzadas. En su rostro una expresión concentrada, con el ceño fruncido y la lengua asomando por la comisura del labio. Lo hace sin darse cuenta.
Cerca de ella pasa su gato, que prefiere mirarla en silencio. Había nacido negro, pero con los años aparecieron en su cabeza y en su lomo un par de parches blancos que lo descubrían en las noches que rondaba sin dormir por el piso. Sabe, por alguna razón desconocida, que ella no le va a hacer caso y da media vuelta para dirigirse al sillón donde está sentado él.
Está enfrascado en escribir en su portátil. Lo tiene sobre sus rodillas y va vestido con su pijama. Ambos pensaron que hoy era día de no salir de casa. Ni siquera se ha peinado y cada vez que se atasca pasa su mano por la barba despeinandola un poco más. Vuelve a escribir porque se le ha ocurrido una buena manera de hilar ideas de última hora que seguramente pueda usar más adelante. Repasa las líneas con la mirada mientras su mano busca en la mesita al lado del sillón la taza humeante.
Pero esta taza tiene té. Nunca le gustó el café, le provocaba demasiada excitación. Casi por casualidad, pero en realidad por una de esas misteriosas sincronías de la convivencia, ambos dan un sorbo a sus respectivas tazas, se quedan pensativos un momento y suspiran bajito para no molestar al otro antes de dejar la taza en el lugar que estaba un momento antes. Ninguno de los dos se da cuenta del pequeño baile orquestado, pero el felino ha sido el mudo y hambriento testigo desde su sitio al lado de la televisión.
Baja del mueble, se dirige a la cocina donde esta su cuenco y toma un poco de agua antes de subir a la encimera para mirar de nuevo hacia donde estan sentados sus dueños. Estan absortos cada uno en su propio mundo pero de alguna manera parecen sincronizados. Tiene sus propias ideas y a veces le gusta hacerlo. Se dirige hacia la balda en la que se encuentran los altavoces con los que reproducen música, pero para el minino es solo un ruido que a ellos les parece gustar. Con la zarpa aprieta por la zona en la que los suele ver que aprietan antes de que empiecen a sonar el ruido.
Y suena la primera canción. Empiezan los acordes y al poco el cantante dice que hoy será el día. Los dos siguen en su mundo mientras la música suenta y el gato se escapa tranquilo sonriendo de esa manera que solo saben los felinos porque ha visto como ambos, aún sin percibir la música pero como uno solo tararean inconscientes la canción que suena. Y con sus andares tranquilos se va del salón a dormir a la cama, pues hay un momento que es solo para esos dos humanos que lo cuidan, que aún estando en dos mundos diferentes laten al mismo ritmo de una canción que al tararearla ambos afirman con convicción propia, que el otro es aquel que los salve. Y es que despues de todo, son su maravilloso apoyo.
Cerca de ella pasa su gato, que prefiere mirarla en silencio. Había nacido negro, pero con los años aparecieron en su cabeza y en su lomo un par de parches blancos que lo descubrían en las noches que rondaba sin dormir por el piso. Sabe, por alguna razón desconocida, que ella no le va a hacer caso y da media vuelta para dirigirse al sillón donde está sentado él.
Está enfrascado en escribir en su portátil. Lo tiene sobre sus rodillas y va vestido con su pijama. Ambos pensaron que hoy era día de no salir de casa. Ni siquera se ha peinado y cada vez que se atasca pasa su mano por la barba despeinandola un poco más. Vuelve a escribir porque se le ha ocurrido una buena manera de hilar ideas de última hora que seguramente pueda usar más adelante. Repasa las líneas con la mirada mientras su mano busca en la mesita al lado del sillón la taza humeante.
Pero esta taza tiene té. Nunca le gustó el café, le provocaba demasiada excitación. Casi por casualidad, pero en realidad por una de esas misteriosas sincronías de la convivencia, ambos dan un sorbo a sus respectivas tazas, se quedan pensativos un momento y suspiran bajito para no molestar al otro antes de dejar la taza en el lugar que estaba un momento antes. Ninguno de los dos se da cuenta del pequeño baile orquestado, pero el felino ha sido el mudo y hambriento testigo desde su sitio al lado de la televisión.
Baja del mueble, se dirige a la cocina donde esta su cuenco y toma un poco de agua antes de subir a la encimera para mirar de nuevo hacia donde estan sentados sus dueños. Estan absortos cada uno en su propio mundo pero de alguna manera parecen sincronizados. Tiene sus propias ideas y a veces le gusta hacerlo. Se dirige hacia la balda en la que se encuentran los altavoces con los que reproducen música, pero para el minino es solo un ruido que a ellos les parece gustar. Con la zarpa aprieta por la zona en la que los suele ver que aprietan antes de que empiecen a sonar el ruido.
Y suena la primera canción. Empiezan los acordes y al poco el cantante dice que hoy será el día. Los dos siguen en su mundo mientras la música suenta y el gato se escapa tranquilo sonriendo de esa manera que solo saben los felinos porque ha visto como ambos, aún sin percibir la música pero como uno solo tararean inconscientes la canción que suena. Y con sus andares tranquilos se va del salón a dormir a la cama, pues hay un momento que es solo para esos dos humanos que lo cuidan, que aún estando en dos mundos diferentes laten al mismo ritmo de una canción que al tararearla ambos afirman con convicción propia, que el otro es aquel que los salve. Y es que despues de todo, son su maravilloso apoyo.
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