Era un paraje desértico. Las luchas, las guerras, los duelos, el poder desatado había convertido lo que fuera antaño un bosque frondoso en tierra calcinada en la que surgía del suelo negras estacas, los restos de los árboles. Ahora estaba en curso una nueva competición. Los jóvenes de nuevo luchando por la influencia de sus casas para que estas ganaran poder en el consejo.
Desde niños adiestrados para el combate, maestros en repartir muerte y en convertirse mensajeros del último enemigo. No es que fueran una raza en ser propensa a morir del aburrimiento de la vejez. A veces ni siquiera llegaban a ella. De eso se encargaban ellos mismos. Poderosos, orgullosos... podridos. Asesinatos, intrigas y todo por conseguir ser el cabeza de familia y por lo tanto el asiento en el consejo. Y luego estaba el combate. Cada una de las siete casas elegía un emisario para una lucha a muerte. El último en pie, o en dar el último suspiro, hacía que su casa ganara la presidencia del consejo.
No deseaba estar allí. No quería luchar. No quería morir. Y su padre lo había metido en todo esto porque era prescindible. Si ganaba se encargarían de quitarlo del medio. Era el destino de todos los luchadores. Si perdía daría igual. Debía escapar de esa locura, quería sobrevivir, largarse lejos y mezclarse con otros seres.
Un crujido cerca le hizo volver la atención a su alrededor, limpiar su mente de recuerdos, pensamientos y sentimientos. Apretó la empuñadura de su espada y dobló las piernas mientras buscaba al que se había acercado. No había armaduras, no había escudos, solo un arma y sus propios cuerpos. Todos habían aprendido que lo primero era cubrirse de hollín y ceniza, camuflarse con el lugar. Y todos habían corrido hacia el único idiota que pensó que eso era lo primero que había que hacer. Las seis espadas chocaron dentro del cuerpo cuando le arrebataron la vida y las seis salieron al unísono dejándolo muerto y desangrándose. Todos se habían evaluado y sin dejar de vigilarse los unos a otros se habían separado, alejándose del cuerpo.
Por el rabillo del ojo captó un movimiento, imperceptible si se intentaba encontrar directamente, pero ya sabía donde estaba y sin mirarlo de frente ni dejarle notar que lo había descubierto, dejó que se acercara. Cuando a penas unos 5 metros los separaban, se lanzó hacia delante y se impulsó con las piernas que había mantenido dobladas en tensión. Golpeó al otro con el hombro, acertándole en el vientre y lanzándolo hacia atrás. Eso solo le dio unos segundos que intentó aprovechar lanzando la espada en un amplio arco contra su garganta, pero el otro tenía buenos reflejos. Con una parada desesperada, desvió el golpe e intentó asestar una patada, pero no acertó por poco.
Empezaron un intercambio frenético en el que las únicas heridas que aparecían eran rasguños sin importancia que a penas se dibujaban rojos en la piel cubierta de ceniza. Parecía no tener fin el combate y ambos sabían que era problematico. El ruido terminaría por atraer a otros y estando los dos cansados solo conseguirían terminar muertos. Había que terminar rápido y encontró su oportunidad cuando su oponente inició un amago por su derecha, pero preparaba el puño para tumbarlo y rematarle. Lo que el otro no previó fue que en lugar de intentar parar el golpe de la espada, se lanzase hacia delante clavandole la hoja en el costado y recibiendo un corte en el hombro.
La mirada de asombro del contrario fue perdiendo brillo hasta que al liberar el arma, cayó al suelo el cuerpo sin vida. No había tiempo, debía alejarse, esconderse y curarse de alguna manera. Quedaba un contrincante menos y aún debía escapar.
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