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Fortaleza

No dejaba de soñar, una y otra vez, con el desierto. Un enorme desierto de arena y sol, infinito en todas direcciones excepto en una donde lejano se alzaba una gran roca, que la distancia hacía parecer que cabría en su mano.

No caminaba, no se movía, era el desierto el que se movía a su alrededor, acercándole la roca y convirtiéndola en una enorme mole del tamaño de una casa. A un lado de donde se detenía, una columna de roca ancha como un coche. Un dedo de piedra apuntando al cielo en medio del cual, cubierto de polvo y arena había un lector de huellas antiguo, como si tuviera siglos aunque solo se usaran desde hace una veintena de años. Acercaba la mano, lo limpiaba y se apoyaba en él. Un zumbido, un chirrido y la columna de roca se abría dejando paso a un habitáculo redondo, casi la mitad del grosor de la piedra y con aspecto abandonado, como el que tienen los edificios en las películas apocalípticas.

De nuevo se desplazaba el mundo a su alrededor, haciendo que el cuarto lo envolviera mientras se cerraba la puertas tras él. La oscuridad duró poco, porque mientras el habitáculo descendía, unas luces parpadearon y titilaron como muestra de que hacía demasiado desde la última vez que se habían encendido. El movimiento se detuvo con suavidad y en silencio. De nuevo el chirrido de la puerta y un pasillo delante con una simple puerta al fondo y al lado otro lector de huellas. Allí el paso del tiempo era menos evidente, pero aún así estaba reflejado en el polvo, las luces vacilantes y el pobre mantenimiento en general del sitio.

No se preocupaba ya del movimiento, simplemente estaba donde iba llevándole el sueño, llegando cada vez más lejos. La primera vez que lo soñó, ni siquiera lograba divisar la mole de roca en el desierto. La anterior vez, atravesaba, como ahora, la puerta para encontrar una especie de vagoneta parada sobre unas vías. Se sentaba y accionaba una palanca que hacía que cobrase vida y empezara a moverse. Y allí se acercaba, un pequeño destello delante, del que no logró pasar la vez anterior. Pero estaba vez sabía que era diferente, esta vez sabía que vería al otro lado. Y la luz lo cegó.

Cuando sus ojos se adaptaron a la luz vio una cueva enorme que contenía una ciudad. No, no era una cueva, las paredes que se curvaban en una semiesfera eran lisas y estaban reforzadas del techo hasta el ábside, donde cristales que emitían luz hacían que el día se trasladase allí, bajo tierra, al domo. La ciudad no era muy grande y estaba planificada con detalle. Edificios que iban aumentando en altura a medida que se acercaban al centro, jardines, calles, zonas de cultivo y ganado. La vía, anclada a la pared, iba descendiendo hacia un viejo edificio que contrastaba con el resto de la ciudad por su estado de abandono. En la pared, a veces aparecían otras aperturas con vías que se unían a la que llevaba su vagoneta y se perdían en la oscuridad.

Seguía descendiendo, ya casi estaba en el edificio y vio que las vías allí estaban más deterioradas, que vibraban sueltas. No hubo tiempo de reaccionar antes de que llegara al final de la vía y con la vibración la vagoneta saltara y por la inercia terminara estrellándose contra la pared. Abrió los ojos y se encontró de nuevo en su cama. Un nuevo paso en su sueño, pero habría que ver como resolverlo para saber que sentido ocultaba su sueño.

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