Las ruinas eran un claro reflejo del paso del tiempo. El sol que empezaba a descender iluminaba las calles de piedra y los edificios derruidos que rodeaban el templo, lo único que parecía mantenerse íntegro a pesar de la vegetación que lo cubría. Aves coloridas y pequeños reptiles eran los habitantes de lo que parecía una pequeña pero bulliciosa ciudad.
El valle en que se encontraban las ruinas era de paredes escarpadas, casi tapizado por la jungla que crecía por encima. Ello había logrado que sobreviviera intacto a la mano del hombre a pesar de los reconocimientos aéreos desde el momento en que un desprendimiento cerró la entrada hace no se sabe cuanto. Seguramente por eso la ciudad fue abandonada, pues no se veían ni intuían restos humanos entre las ruinas. Los terremotos en los últimos años habían causado que se desprendiera una parte de la pared del valle y había permitido que se vislumbraran las ruinas.
Y ahora estaba allí. Con un equipo de exploración arqueológica dispuestos a encontrar la manera de clasificar a que tribu había pertenecido el enclave y catalogar todo lo posible antes de llevárselo para exponerlo en diversos museos. Avanzó con paso cauto hacia el templo, observando donde pisaba y lo que le rodeaba. El resto del equipo comenzó a desplegarse para investigar más de cerca las ruinas cercanas o preparar la zona de campamento base.
El templo era de estilo típico mesoeriko, una pirámide escalonada, pero era mucho más bajo. A penas se podría decir que hubiera más de un nivel en su interior. Empezó a subir los escalones con cuidado, pues había algo que le daba mala espina. Una vez llegó a lo alto vio que a penas estaba más alto que los muros de las casas que mejor se conservaban. No solo eso, sino que parecía que mientras que toda la ciudad había sido pasto del tiempo, la erosión y la vegetación, el templo solo estaba ocupado por las enredaderas de manera superficial. Arrodillándose se fijó con atención en las uniones de las piedras, que eran cuanto menos perfectas, sin espacio para meter la uña entre ellas. Era imposible que con la edad de la ciudad y la cantidad de plantas el templo se mantuviera como el día en que se construyó. No tenía lógica alguna.
Tomó la linterna y se acercó al hueco que entraba en el interior del templo. Iluminó la sala que tenía una planta circular, a pesar de que desde fuera se viera que el edificio era cuadrado, y vio que dispuestas en torno al centro, pegadas a las paredes había varias mesas sobre las que reposaban restos humanos. Esqueletos ligeramente enmohecidos y cubiertos con jirones de lo que deberían haber sido prendas funerarias. No había nada más en torno a ellos, una decoración muy simple para una cultura en que los sacerdotes solían llevar joyas y orfebrería con ellos a la tumba.
Pero había algo más raro aún, algo que notó cuando se acercó al centro de la sala. Allí, en el centro, cubierto de polvo y hojas había oculto algo que no debería estar allí. Dejó la linterna en el suelo, se arrodilló al lado y empezó a usar sus manos para limpiar la zona. Si había cosas ilógicas en aquel templo, sin duda lo que acababa de descubrir las dejaba por los suelos. Allí, en el centro de la habitación había una escotilla y al lado un lector de huellas. Era absurdo, completamente. Más absurdo si se consideraba que estaba integrada en la construcción del templo.
Había preguntas que surgían imperiosas. ¿Habían construido un "templo" hacia unos años en unas ruinas milenarias? No, la vegetación y el polvo decían lo contrario, todo en el valle tenía la misma edad. Pero el templo parecía tan nuevo que era imposible. Alargó su mano hasta apoyarla en el lector. No sabía que la había llevado a ello, pero sonó un pequeño zumbido y con un chirrido, muestra inconfundible de que esa escotilla tenía mucho más tiempo del lógicamente posible, se dejó al descubierto una escalerilla que bajaba a la zona interior del templo. Dudó por un momento antes de introducirse por la apertura y empezar a bajar.
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