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Mostrando entradas de noviembre, 2017

Metro

La estación de metro se encontraba vacía, en silencio. El letrero decía que quedaban 15 minutos para el próximo tren. Se sentó contra la pared dispuesto a esperar y de paso comer algo. Era tarde, de los últimos viajes antes de que las estaciones empezaran a cerrar. Sacó de la mochila una lata de refresco y una bola de servilletas, que al abrirla desvelaba en su interior un enorme puñado de frutos secos y galletitas saladas. Iba comiendo distraido, dando tragos a la lata cada poco, siempre después de echar a la boca 5 o 6 elementos del puñado. Miró de reojo la señal luminosa y vio que aún quedaban 12 minutos. Se iba a hacer larga la espera. Dirigió su mirada a la señal del otro andén y leyó 7 minutos. Calma completa durante un buen rato. Pensó en ponerse los cascos y escuchar algo de música cuando vio llegar al andén de enfrente un grupo de chavales, chicos y chicas que iban riendo de alguna broma estúpida. Disimuló su interés y se puso los cascos, aunque no encendió música alguna, ...

Charla con mi demonio II

Estoy tirado en la cama, con los ojos cerrados, aunque el cuarto se empieza a iluminar con los primeros brillos del alba. Como siempre, en mi soledad, se que está ahí y aunque lo buscara no lo encontraría. Da igual, pero se que responderá o soltará sus comentarios, así que decido empezar yo. - Siempre estas cerca cuando menos te espero, ¿qué eres exactamente? Hay un silencio, pero se intuye que hay una respuesta gestándose dentro. - Soy parte de ti, como tantos otros son parte de cada persona. Soy la sombra que siempre te persigue y nunca olvida. - ¿Qué no olvida? ¿Qué recuerdas que se supone que yo no? - Recuerdo todo lo que has vivido, todo lo que has pensado, deseado, querido o anhelado. Yo encarno todo lo que no has logrado, todo lo que te has rendido, aquello que rozaste sin obtener por miedo, por falta de esfuerzo, por pereza... Da igual el motivo en realidad, yo soy el recuerdo de lo que olvidaste conseguir. - ¿De todo? ¿Incluso de los imposibles? - La imposibilida...

Charla con mi demonio I

Llego cansado, cojo un vaso y tras llenarlo de agua y una aspirina efervescente me siento en un sillón dejando el vaso en la mesita a su lado. Estoy solo, a oscuras. No quiero luz, ni compañía en este momento, aunque tampoco la podría tener aunque la buscara. No de la que cualquiera entendería. Me recuesto y cierro los ojos un momento, dejando que el silencio se acune en el sonido de la efervescencia. - Sabes, el dolor no es tan malo, te recuerda que estas vivo y que sientes. Ahí esta de nuevo. Se que aunque abra los ojos y lo busque no lo voy a encontrar, pero si hablo a la sala las sombras me responderán. - No es precisamente algo cómodo de soportar, día sí y día también. -una respuesta genérica pero acertada. - Pero quizás es ese el estado natural de las personas. Mantenerse a sí mismos en un estado de sufrimiento perpetuo por el mero placer de sentirse el eje y centro del universo al pensar que este les jode por algo.  - ¿Y no hay razón en pensarlo? Nos dicen que el k...

Grita

Grita. Hazlo fuerte, largo, intenso, hasta que duela y te quedes sin aire y sin sentido. Grita al mundo, a la vida a tu alma, al dolor, a la propia existencia. Gritales haz que se alejen, haz que mueran mientras vacías tu alma en un grito tan profundo y doloroso que cuando las lágrimas se sequen y solo quede vacío ante ti, puedas levantarte y mirar sin dolor al mañana. Porque el alma duele, cuando nos creamos ilusiones que se rompen, ideas que son destruidas por otros, cuando pensamos que sentimos y ese sentir se enquista y se retuerce. Porque el cuerpo sufre cuando nos golpean o cuando desde dentro se nos rompe algo y sentimos como los fragmentos se clavan alrededor de donde estaban. Cuando el dolor te ahogue, grita alto y claro. Dejalo huir y correr por el cielo, deja que se disuelva y escape. Grita donde quieras, cuando lo necesites, hasta que las estrellas te miren y te inunden con la luz de su leve resplandor. Y es que el grito no es solo la ayuda que te pueden dar, es la llam...

Mundos entre sílabas

A veces vale la pena detenerse por un momento y pensar acerca de las historias, de lo que leemos o deberíamos leer. No todos disfrutamos de abrir las paginas de un libro y disfrutar de su historia, disfrutar sumergiendonos en un mundo dibujado con letras pero que vemos como si estuviéramos allí, acompañando a Frodo en su odisea a través de la Tierra Media como el décimo acompañante, un espectador de las intrigas de Poniente, el ayudante del profesor Langdon en su búsqueda de sociedades secretas o el viajero que camina junto a Geralt de Rivia. Somos todos ellos y más, estamos en todas esas historias en las que nos sumergimos, somos compañeros de todos esos personajes con los que nos identificamos o a los que seguiríamos ciegamente. Pero el trabajo más importante de un escritor, de un narrador, no es la historia que cuenta, sino el como nos la cuenta. De poco sirve el argumento más interesante jamás pensado si no hay manera de que las palabras nos dibujen el mundo en el que se desarrol...

Paralelas

Daba pasos largos, esquivando las matas recién plantadas y guiándose por los rectos surcos de la tierra mientras regaba. Era un día caluroso, soleado y tranquilo, sin más preocupación que la de sacar adelante la cosecha empezando porque arraigase en el fértil suelo. Iba haciendo linea a línea, andando con calma y dejando que cayera suficiente agua en cada mata antes de pasar a la siguiente hasta que tenía que ir a volver a cargar la regadera. Una y otra vez. Había algo de satisfactorio en el mismo trabajo repetitivo, sin necesidad de pensar, más por impulso que por planteamiento. Quizás por eso estaba tan absorto en su cabeza que no vio el humo en el horizonte y no escuchó a los asaltantes cuando lo alacanzaron en el campo y lo mataban sin siquiera tomarse un momento de apresarlo. Abrió los ojos y amaneció de nuevo. Daba pasos firmes, resonando sus botas contra el suelo de piedra y orientandose por el pasillo que tan bien conocía para ir a su puesto de guardia. Llevaba años en ese ...

Sequía

A veces me siento a escuchar la lluvia, a dejar vagar el tiempo y la mente, que floten acunados por el murmullo monótono del agua caer y golpear hojas, suelo y tejados. A veces en ese estado me gusta pensar quien más se sentará a ver la lluvia pasar y dejo que mi mente vague buscando. Y mientras busca lo veo todo mojado, como la lluvia de alguna manera limpia el pecado. El pecado de no ser uno mismo, el pecado de dejarse llevar como ganado. Porque todos son culpables de ello, todos preferimos la vía fácil de seguir la corriente en lugar de destacar y ser maltratados por parecer un brochazo de color en un lienzo abandonado. Mi mente vaga bajo las grises nubes, buscando mirando más allá de donde me veo sentado sin pensar en otra cosa más que la gente hacinada en las urbes. Gente que convive con la falsedad, con la apariencia y con no poder ser jamás lo que le dicta su conciencia. Hacia allí vaga mi mente, cruzando las calles, dejando atrás los puentes. Paseo por las familiares call...

Ángel exterminador

Era un día apacible, tranquilo hasta la monotonía, mientras él estaba tirado en el sofá. La ventana medio abierta dejaba entrar un poco del fresco aire de mitad del otoño y en la televisión sonaban los mismos anuncios de siempre con las empresas y productos del momento. Sobre la mesa, un cenicero lleno y un par de cajetillas aplastadas al lado de un mechero al que a penas quedaba gas. Dió la última calada al cigarro que tenía entre los dedos y apagó la colilla entre las demás, haciendo que desbordara algo de ceniza por el borde del cenicero. Se echó hacia atrás y empezó a soltar lentamente el humo que aún retenia en los pulmones. Su mente le decía que hiciera cosas, que ordenase el piso, que limpiara la mesa y se moviera. Pero todo le pesaba y a penas conseguía reunir ganas suficientes para coger el último paquete de cigarros que descansaba al lado del televisor. Quería fumar más, hasta agotar todo. Si pudiera bebería hasta la inconsciencia, pero para ello debería salir fuera para co...

Inmortales - Primavera

Reía, tontamente, tirada en la hierba. Había corrido todo el prado hasta detenerse allí, donde se había tumbado y miraba con curiosidad como de entre la hierba se alzaba un brote, con calma, con lentitud, desperezándose lento. El verde del tallo resplandecía mientras se iba alzando milímetro a milímetro, haciendo aparecer alguna pequeña hoja a un lado del mismo color verde brillante. Fijó toda su atención en la pequeña planta que crecía, en como iba hinchandose la punta poco a poco, con la promesa de la explosión que encerraba. El brote se detuvo un momento, un instante que parecía durar una eternidad, atento a la mirada que la dama le prestaba allí tumbada. Era su gran momento, como el solista que se coloca por primera vez bajo la luz del foco y toma aire para desgranar el inicio de su canción. Eso mismo hizo el brote, dispuesto a convertirse en flor, tomo aire, nutrientes y tiempo y se hinchó listo para darlo todo en un solo acto. Entonces, en ese instante entre segundos, la cubi...

Esmeraldas II

Mañana tras mañana iba buscando de nuevo aquella calle, esa donde los colores regían la vida en lugar de los grises. Donde las charlas eran risas y donde esperaba volver a sentir esos ojos verdes. Podría haber abandonado y seguir la rutina pero algo había empezado a echar raíces dentro de su pecho. Al principio era poca cosa. La corbata menos apretada, el último botón de la camisa desabrochado o un día sin afeitar. Parecían gestos nimios, tontos, pero eran elecciones que estaba haciendo. Libertad que deseaba brotar y crecer. La bruma de las mañanas ya no estaba allí para él. Las alarmas ya no sonaban, porque él no estaba en la cama cuando necesitaban sonar. Una nueva energía le hacía dormir menos, le hacía buscar algo que hacer. Contaba minutos, 5 para la ducha caliente, 10 para afeitarse en el espejo empañado, 20 para desayunar. Movía la cucharilla en el café 15 veces antes de disolver el azúcar. Daba 5.489 pasos para llegar al trabajo. Datos que no servían de nada, pero de los qu...

Esmeraldas I

En aquel cuarto oscuro no quedaban a penas cosas. Por mobiliario la cama, un colchón sobre una tabla que ni siquiera se levantaba del suelo, y un taburete sobre el que había un reloj con la hora en brillantes números que parpadeaba como un faro. Sobre la cama, él, tirado y observando el techo, pensando como demonios había terminado llegando a eso. Vagaba su mente hacia atrás como si la película empezara cerca del final y tuviera que forzar ese recuerdo de días atrás para comprender por qué el protagonista se encontraba tirado, despierto en su cama en un piso extraño e iluminado únicamente por la hora que parpadeaba en el despertador. Solo que cuando empieza todo no estaba despierto, dormía tranquilo, como una mañana más en la que la alarma del reloj analógico sonaría un minuto antes de que el móvil, justo al lado, empezara la lenta letanía que supondría su alarma. Eso lo forzaría a salir del sueño, fuera cual fuera, y se levantase entre gruñidos y sin a penas abrir los ojos. La rutin...