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Una última llama

Fue preparando la mesa, colocando los cubiertos para todos los que vendrían a cenar esa noche. Repasó mentalmente los asistentes. Sus padres, sus hermanas con sus maridos e hijos, él, su mujer y sus hijos. Catorce en total. Y todos cabrían en la mesa. Se alegraba de haber confiado en su esposa a la hora de elegir los muebles, pues había sido capaz de elegir las mejores opciones para que la vida familiar fuera cómoda y prácticamente perfecta.

Se dirigió a la cocina para revisar la parte de la cena que le tocaba hacer a él. Dejó a un lado de la encimera la bandeja con los cubiertos y le sonrió a la mujer que le había dado una oportunidad y con la que formó una familia. La televisión encendida de fondo le indicaba que los niños estaban viendo alguna serie, posiblemente de animación, de esas que les entretienen en las tardes, a la espera de la llegada de sus abuelos, tíos y primos. Con una sonrisa se acercó a su esposa y abrazándola por detrás le posó delicadamente un par de besos en su hombro y en su cuello. Su risa ante el gesto era como una inyección de alegría. Una inyección de... un escalofrío le recorrió la espalda aunque la casa estaba tibia a pesar del frío exterior.

Ella le miró por un momento y sin dejar de sonreír le recomendó que cuando comprobara la carne en el horno, encendiera la chimenea por si los invitados llegaban con frío, porque en la calle estaba nevando. Su mirada se dirigió hacia la ventana por donde caía perezosa en gruesos copos la nieve, acumulandose fuera. Otro escalofrío recorrió su espalda y lo dejó a un lado con el pensamiento de que si que tendría que encender la chimenea. Por suerte la mantenían bien cuidada y no le costaría ponerla a funcionar.

Comprobó la carne del horno y tras juzgar que le quedaba poco, bajó la potencia para que se mantuviera caliente y terminara de hacerse para el momento justo en que tocara sacarlo a la mesa. Miró la olla con la salsa y con un gesto de broma le dio con la cadera un empujoncito a su amor. Ella correspondió con la misma entre risas y le dio a probar lo que estaba haciendo. Una expresión de satisfacción le surgió en la cara al probarlo, pues era una cocinera excelente y lo demostraba con creces cuando le tocaba a ella preparar la comida.

Tras un beso, fue hacia el salón para encender la chimenea. El frío le empezaba a calar a pesar de estar en el interior de la casa o de haber estado al lado de los fogones y del horno abierto. La televisión seguía sonando y pensó que sería una buena actividad padre hijos que entre todos encendieran la chimenea para caldear un poco más la casa. Sin embargo al llegar a la habitación se encontró que nadie había viendo la televisión y que la chimenea ya estaba encendida. Le extrañaba la situación y llamó a su mujer para preguntarle si los niños habían ido hacia la cocina por el comedor, pero no hubo respuesta. Un escalofrío y la falta de calor a pesar de la chimenea le dijeron que no iba a tener respuesta.

Una lágrima y una sonrisa de pesar asomaron a su rostro. Sentía el frío de la calle en su cara, el frío del ambiente en su cuerpo. El único calor que sentía era el que se le escapaba por la herida del abdomen. Había sido una bonita fantasía de lo que habría sido su vida si hubiera evitado las drogas, si no hubiera sido tan estúpido de hacerse el valiente con ellas. Que ironía que cuando iba a morir solo solo pudiera ver la imagen de toda la compañía que podría haber tenido. Cerró los ojos para volver al salón de sus ensoñaciones y se fijó en la llama de la chimenea, que iba empequeñeciendose, cada vez más, a la par que de sus ojos desaparecía todo brillo de vida.

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