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Camino a cualquier lugar

El sol brillaba en lo alto, a lo lejos las montañas. Por delante el camino sin saber a donde ir. Le habían forzado a abandonar todo refugio, primero en el pueblo, luego en el bosque. Con un suspiro tomó su hatillo y siguió caminando.

Había tenido sueños de grandeza, llegar a ser alguien y vivir sin más preocupación que la ropa a usar ese día. Pero se había encontrado con un mundo cruel, despiadado y que no permitía que los recién llegados pudieran elegir su lugar. Un mundo lleno de personas que solo miraban por hacer fracasar a los demás en lugar de conseguir mejorar ellos mismos, donde la máxima era la envidia y no la eficiencia. En el que si querías hacerte un hueco era necesario a base de dentelladas y codazos.

Suspiró y siguió su camino, un pie tras otro. Ya no había vuelta de hoja, pues el mundo le había quitado todo. Solo le quedaba la vida que estaba viviendo para manterse. No sabía que le deparaba el futuro, ni donde acabaría, pero como le decían siempre, vivir es levantarse, no importa las veces que se caiga. Y en eso estaba pensando cuando tropezó con una piedra del camino.

Una carcajada de ironía se le atravesó por un momento antes de tumbarse y quedar en el suelo, mirando al cielo. Sin duda no había nada como pensar en levantarse para caer de bruces. Lo malo era que debía ser una caída metafórica, no una que dejase las palmas de las manos y las rodillas llenas de heridas del forzoso aterrizaje. Al final la carcajada atravesada se enderezó y salió, libre, por su boca, convirtiendose en una risa demente.

¿Cómo podía ser que todo fuera tan mal? Los refranes que había escuchado toda la vida carecían de sentido. Dichos populares para dar consuelo ante los desuellos que provocaba la vida, pero que solo recalcaban la miseria en que nos sumía y donde las personas, lejos de intentar mejorar la situación trabajando codo con codo, solo buscan una manera de calmar las inquietudes naturales de la persona, quedandose una vez en la cima con las peores emociones de las que es capaz el ser humano. Y es que la cima es muy pequeña y de nuevo, esa envidia malsana hacia los aspirantes que por ser más jóvenes y originales, les hace tirar piedras rodando hacia abajo en la pirámide que es el éxito.

Se levantó una vez la risa se terminó. El camino era largo y necesitaba alejarse, llegar a una nueva ciudad. Quizás un lugar con gente nueva, desconocida, sin prejuicios que le impidieran conseguir algo. Recogió una vez más el hatillo y continuó su camino, sin saber si una vez llegara debería volver a salir al camino.

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