Era una mañana nublada, presagiante de lluvia. La tormenta por venir se olía en el aire y se sentía en los huesos antes siquiera de que las nubess terminaran de cernerse oscuras sobre los ejércitos. La tensión era palpable ante lo que estaba por ocurrir. Los líderes aguardaban en las tiendas en los puntos más altos del valle. Aquella guerra era tradición, era un ritual que se contemplaba generación tras generación para evitar demasiadas muertes innecesarias. Y había unas reglas.
Cada ejército debía tener una centena de soldados divididos en grupos de diez, la lucha era como una partida de ajedrez, por turnos cada oponente dirigía a sus tropas y enfrentaba a los grupos. El bando que perdía 3 grupos era declarado perdedor y se sometía al vencedor hasta la siguiente contienda. Todo organizado de manera limpia y ordenada. 30 muertes a cambio de que los enfrentamientos no alcanzaran a los civiles, solo a soldados que se entrenaban dia y noche para esos combates.
Alem se encontraba en la tienda del general de su país. Había participado en la contienda suficientes ocasiones y en primera línea para que fuera ascendido a estratega. El líder al mando había participado en más del doble que la mayoría, pues era costumbre que la tienda de mando fuera el décimo grupo y no eran pocas las veces que la contienda había sido dirigida a cazar la tienda de mando, que daba la victoria con solo un grupo, aunque no era tarea fácil.
La pantalla de la mesa mostraba el terreno de la batalla y desde donde las distintas tropas recibirían las ordenes a través de los jefes de grupo. No pudo sino admirarse que algo tan sucio como la guerra hubiera sido sustituido en todo el planeta por un juego. Mortal, pero un juego al fin y al cabo. Quienes participaban en él eran quienes sabían en que participaban, voluntarios que tomaban esa vida como un empleo vitalicio, aunque los había con suficiente suerte como para llegar a viejos y poder jubilarse. Eran pocos y aunque la sociedad los trataba como héroes, entraban en una espiral de depresión y autodestrucción. No duraban mucho más de un par de años tras la licencia de la batalla.
La sirena resonó por todo el valle. Era la señal de inicio de la partida. Todos en la tienda miraron la pantalla. Siempre el primer movimiento lo hacía quien había perdido la batalla anterior. En esta ocasión el ejército enemigo. Vieron el movimiento de una primera tropa que se desplazaba hacía un lado, quizás con intención de rodear las tropas para cazar la tienda. En cuanto la tropa se detuvo, una luz brilló en una esquina de la pantalla, la marca de que eran ahora ellos quienes debían decidir el siguiente movimiento.
Vió los puntos que representaban las tropas en la pantalla. Era su primera vez como estratega y hasta entonces no se había dado cuenta de lo facil que era en la tienda olvidarse que cada una de las marcas en la pantalla representaban personas, soldados que luchaban, sangraban y morían. 3 grupos era el límite para terminar el combate, pero 30 no eran las bajas que terminaba teniendo el combate. De los 9 grupos que corrían por el valle, pocas veces había en la historia que algún grupo quedaba integro e ileso. Los recuerdos de la lucha, el barro y la sangre acudían a él, frescos como el primer día, cuando por primera vez fué seleccionado para el juego.
Suspiró con disimulo y se concentró en la discusión de cual habría de ser el siguiente movimiento mientras fuera la lluvia empezaba a caer y los truenos a retumbar sobre el campo de batalla.
Cada ejército debía tener una centena de soldados divididos en grupos de diez, la lucha era como una partida de ajedrez, por turnos cada oponente dirigía a sus tropas y enfrentaba a los grupos. El bando que perdía 3 grupos era declarado perdedor y se sometía al vencedor hasta la siguiente contienda. Todo organizado de manera limpia y ordenada. 30 muertes a cambio de que los enfrentamientos no alcanzaran a los civiles, solo a soldados que se entrenaban dia y noche para esos combates.
Alem se encontraba en la tienda del general de su país. Había participado en la contienda suficientes ocasiones y en primera línea para que fuera ascendido a estratega. El líder al mando había participado en más del doble que la mayoría, pues era costumbre que la tienda de mando fuera el décimo grupo y no eran pocas las veces que la contienda había sido dirigida a cazar la tienda de mando, que daba la victoria con solo un grupo, aunque no era tarea fácil.
La pantalla de la mesa mostraba el terreno de la batalla y desde donde las distintas tropas recibirían las ordenes a través de los jefes de grupo. No pudo sino admirarse que algo tan sucio como la guerra hubiera sido sustituido en todo el planeta por un juego. Mortal, pero un juego al fin y al cabo. Quienes participaban en él eran quienes sabían en que participaban, voluntarios que tomaban esa vida como un empleo vitalicio, aunque los había con suficiente suerte como para llegar a viejos y poder jubilarse. Eran pocos y aunque la sociedad los trataba como héroes, entraban en una espiral de depresión y autodestrucción. No duraban mucho más de un par de años tras la licencia de la batalla.
La sirena resonó por todo el valle. Era la señal de inicio de la partida. Todos en la tienda miraron la pantalla. Siempre el primer movimiento lo hacía quien había perdido la batalla anterior. En esta ocasión el ejército enemigo. Vieron el movimiento de una primera tropa que se desplazaba hacía un lado, quizás con intención de rodear las tropas para cazar la tienda. En cuanto la tropa se detuvo, una luz brilló en una esquina de la pantalla, la marca de que eran ahora ellos quienes debían decidir el siguiente movimiento.
Vió los puntos que representaban las tropas en la pantalla. Era su primera vez como estratega y hasta entonces no se había dado cuenta de lo facil que era en la tienda olvidarse que cada una de las marcas en la pantalla representaban personas, soldados que luchaban, sangraban y morían. 3 grupos era el límite para terminar el combate, pero 30 no eran las bajas que terminaba teniendo el combate. De los 9 grupos que corrían por el valle, pocas veces había en la historia que algún grupo quedaba integro e ileso. Los recuerdos de la lucha, el barro y la sangre acudían a él, frescos como el primer día, cuando por primera vez fué seleccionado para el juego.
Suspiró con disimulo y se concentró en la discusión de cual habría de ser el siguiente movimiento mientras fuera la lluvia empezaba a caer y los truenos a retumbar sobre el campo de batalla.
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