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Estreno y rosas teñidas

Cuando a veces necesitas ir más allá, presionarte a ti y a los demás por algo que necesitas, es cuando puedes llegar a dejar de ser quien eras. Ese era el pensamiento que rondaba por su mente mientras corria en pos de ella. Le habia gritado, habia pagado la frustracion con ella y al final ella no habia podido aguantar más. El estreno de su obra de teatro no era lo mismo sin el apoyo que ella le brindaba. Desde que había empezado a escribirla, desde la primera palabra, ella había confiado y le había apoyado sin reservas.

Pero en lugar de agradecerselo como debía, lo único que recibió a cambio fueron los pagos por las frustraciones, cuando ningún productor apostó por la obra, cuando los actores no hacían lo que esperaba que fuera la representación que deseaba. Gritos, peleas y enfados, todos enfocados en su desahogo con ella, hacia ella. Y aún así aguantó en silencio con una sonrisa cada vez más forzada.

Pero al final, la noche antes del estreno, con los nervios a flor de piel, había perdido los estribos y le habia gritado una vez más, solo que cuando regresó a casa no estaba ella. En su lugar una nota con solo un "Adiós" escrito en ella. Era un cliché, pero era lo que le había pasado. Y ahora corría buscando sin saber donde mirar. Intentando encontrar la mirada herida a la que debía pedir perdón y compensar el resto de su vida.

Pero, ¿ella querría perdonarlo? ¿Querría que estuviera de nuevo en su vida? Y aunque así fuera, ¿podría mantener sus promesas? ¿Podría prometer que no habría más gritos? ¿Estarían sus promesas vacías? La carrera se redujo a un paso lento y la mirada dejaba de cruzarse con otros ojos para posarse en sus pies. ¿Se merecía otra oportunidad?

Andaba distraido, con el alma por los suelos, debatiendose con las dudas, cuando el viento cruzó por su camino un pañuelo conocido, el que siempre le gustaba llevar al cuello y que le regaló cuando tuvieron su primera cita. La mirada recorrió la dirección contraria al viento y escudriñó entre las sombras del callejón.

Un sollozo le hizo retroceder cuando reconoció el rostro que miraba al cielo. Otro paso le alejó del cuerpo cuya ropa se teñia de rojo. Y una carrera enloquecida, presa del pánico, la pena y la locura lo arrancaron del lado de quien en algún momento hubiera podido darle el perdón y que había sido victima de un ataque que harían que la culpa pesara para siempre sobre su conciencia.

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