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Ucronía - Imail I

El sol caía a plomo mientras recorría el camino en el asiento del carro. Eran cada vez mayores las ganas de que su hijo, que se había casado justo cuando había comenzado esta ruta, heredara la caravana y el negocio de mercader que había heredado de su padre. Era la cuarta generación de mercaderes que se encargaba del negocio y de la ruta entre Jerusalén y Medina. Su hijo sería la quinta y si seguían prosperando no se quedaría ahí. Las ensoñaciones empezaron a llevárselo, mecido en el calor y el rítmico traqueteo de la carreta. Sí, sin duda sería digno de ver el emporio mercader del padre de su abuelo perviviendo por años.

Lo cierto es que podía relajarse y dejarse llevar por las ensoñaciones, pues aunque era el dueño de la caravana, en cada carreta viajaban un conductor, dos mozos de carga y dos soldados. Todos ellos apiñados en el asiento del conductor y entre las mercancías que movían entre las dos principales ciudades en que se movía. Había nacido en Medina, donde llevaba su familia asentada por bastantes generaciones. A raíz del comercio floreciente en La Meca, el padre de su abuelo decidió empezar una ruta con un par de borricos para traer productos de los fenicios de Jerusalén.

A partir de ahí, la riqueza de la familia había aumentado en buena medida porque la familia era la única que hacía esa ruta y por ende la única que llevaba esos productos de manera directa sin que tuvieran que entrar al mercado de La Meca desde Etiopía. Pero no todo eran buenas noticias. Con la riqueza también habían aparecido bandidos que intentaban asaltar la caravana, a veces incluso contratados por comerciantes rivales con sucursales de su emporio en Alejandría u puestos comerciales de la ruta del Este. El tiempo, la insistencia y algunos sobornos conseguían que los ataques fueran más una anécdota que una preocupación real.

El sol seguía alto aunque comenzara su descenso en la bóveda celeste y el calor y el camino eran malos compañeros de viaje, que incitaban a la modorra, el sueño y la distracción. Decidió dar conversación a los compañeros de viaje que iban en su misma carreta para evitar caer en el sueño.

- ¿Os enterasteis del nuevo intento de las minorías judaicas de imponerse? -era una pregunta casual, pero sabía que sus empleados habían prestado atención a los rumores de la venida del profeta.

- Sí, dicen que su profeta está predicando la verdad de su dios en los alrededores de la ciudad. -dijo uno de los guardas desperezándose un poco- Tuve curiosidad y en el dialibre que estuvimos fui a buscarlos. Hablaban sobre la imposibilidad de que hubiera varios dioses y que todos eran solo rostros del mismo. ¿Os imaginais? Un dios con una docena de caras. 

Las carcajadas inundaron el aire del carromato y uno de los mozos le comentó a las carretas que los seguían de que hablaban. Las risas brotaron detrás suya a medida que se propagaba la idea de una deidad con tantos rostros.

- Imaginaos que os lo encontraseis y os hiciera una pregunta ¿a que rostro habría que dirigirle la respuesta? -una nueva oleada de carcajadas siguió a la pregunta.

Sin duda tomaban a broma los discursos que el supuesto profeta daba sobre su deidad única. Pero no había sido motivo de risa lo que había pasado después. El supuesto profeta había sido apresado cuando algunos seguidores atacaron un palacete de un gran mercader, conocido por sus generosas donaciones a los templos. Acusado de incitación a la violencia religiosa había sido decapitado sin mucha dilación y dispuesto para ser cremado. El problema principal había surgido cuando un nutrido grupo de seguidores habían intentado asaltar por la noche el adarve del fuerte militar, para llevarse el cuerpo y clamarlo como un milagro y la supuesta resurrección fruto del poder de su deidad. Incluso tenían preparada a una persona a la que habían arreglado para asemejarse al profeta y que se dejara ver para ratificar el milagro. Pero habían fallado y tras capturarlos a todos, la ejecución masiva  había tenido que ser trasladada al exterior de los muros de la ciudad, donde habían cavado una fosa para quemar todos los cuerpos.

Los otros intentos de hacer creer que un profeta había llegado habían terminado solo con la ejecución del profeta y evitar una revuelta. Esta vez había sido una auténtica carnicería que posiblemente hubiera diezmado o casi eliminado a los judíos que quedaban en el reino. Esperaba que se quitaran de una vez de la cabeza esas ideas monoteístas y el intento de imponerlas. Algunos de los proveedores de la joyería que llevaban eran judíos y sin duda sería una pena que se perdiera su orfebrería.

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