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El trébol deshojado

El puño golpeó contra el rostro haciendo que le dolieran los nudillos y temiera haberse fracturado alguna falange. Estaba harta de las insinuaciones, de los desmanes, de los rumores infundados, de las miradas de desdén y los cuchicheos que se silenciaban cuando la veían llegar. Cansada de la gente y de que su vida tuviera que girar en torno a la preocupación sobre lo que dicen o dejan de decir. En torno a la imagen que suponían todos que ella debía dar. Estaba cansada de ello y por eso el primer idiota que le había soltado un comentario fuera de lugar tras un mal día estaba delante de ella, sentado en el suelo. con el labio roto y escupiendo sangre con una mirada sorprendida.

Y es que hoy había sido un día nefasto en muchos aspectos. Había perdido el trabajo porque encontró a uno de sus superiores borracho y liándose con otro hombre, a pesar de que en la oficina no dejaba de jactarse de a cuantas chicas ponía a sus pies cada fin de semana. Por el aspecto de aquel lío que vió, era él quien terminaba esos días de descanso, quien terminaba a los pies de sus amantes. Él la había visto y le había suplicado que no dijera nada. Pero a pesar de todo la había despedido y la excusa que había dado a todos es que ella había intentado llevarselo a la cama para ascender.

Ojalá hubiera sido eso lo único. Resultaba que su casera había escuchado rumores de que ella era una promiscua lesbiana que gustaba de hacer orgías. Y la muy beata la había condenado directamente por la única razón de verla entrar al edificio acompañada de algunas amigas de toda la vida para hacer una comida, costumbre que habían tomado en el tiempo de la universidad con sus amigas para mantenerse en contacto y tener una buena noche de chicas sin preocupaciones. El resultado era que una excusa falsa que le daba derecho a la casera a romper el contrato, echarla del piso y no devolverle la fianza, porque, y era la verdadera razón que le daba, no alquilaba un piso a lujuriosas desviadas.

Pero el día no remataba ahí. El que le hubieran puesto un plazo para sacar sus cosas no hubiera sido problema, pues habría podido ir a casa de sus padres, si no fuera porque hacía años, desde que ella se había ido de casa, habían dejado caer sus mascaras para desvelar que eran un matrimonio mal avenido, sin amor ni cariño alguno más que el que le dieron a ella. Ella, el fruto de una marcha atrás mal dada que hizo que se casaran a la fuerza y a la que procuraron criar con cierto cariño, soportandose entre ellos mientras ella crecía, pero que una vez ella se marchó del nido, se convirtió en un campo de guerra que finalmente vino a terminar hoy con la venta de la casa, que llevaba en el mercado sin que se lo dijeran a ella desde hacía unos meses, y la separación de sus padres de manera definitiva para irse cada uno por su lado, dejándola sola con un par de números de teléfono por si quería hablar con ellos mientras viajaban para encontrarse a si mismos y ver la vida que se habían perdido por unirse al otro.

Y así se encontraba, cerrando un trastero con todas sus cosas, las de casa de sus padres y las de su piso, sin trabajo y ayudada por suerte por sus amigas, que le daban sitio en sus casas para que se recuperara. Todo para que un gallo de playa, que se encontraba hablando con el de seguridad, se girase hacia ella, le dijera un par de piropos, una palmada en el culo y una proposición que hubiera ofendido a cualquier profesional del sexo. Por eso él estaba en el suelo, confuso y ella cabreada, a punto de llorar y siendo arrastrada por la amiga que la acogia esa noche para que pusiera la mano en agua con hielo. Suponía que después de eso, las cosas no podrían ir a peor, solo mejorar.

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