Iba caminando por la calle como siempre, ignorando a las
personas que a su alrededor cuchicheaban cuestionándose su origen. Ni siquiera
ella lo sabía. ¡Cuantas noches había llorado por ese desconocimiento! había
estado sola durante 17 años, desde que nació.
No conoció a sus padres y no le importaba el no haberlos
conocido. Ellos la abandonaron. Por suerte, la metieron en un orfanato, pero
ella era lago especial. Desde siempre todos la marginaban porque decían que era
una bruja ya que si ella sonreía salía el sol y si lloraba siempre llovía.
Todos la dejaban de lado porque le tenían. Por eso ella odiaba el orfanato
saliendo de él todo lo que podía aunque volviese al final del día para dormir.
Nadie la quería y ella no quería a nadie. Así estaba bien.
Ese día se levanto con ganas de ir al campo. Le gustaba ir a
un pequeño bosque que había cerca. Le encantaba subir a lo más alto de los
árboles y sentir el viento agitando su pelo. Además allí dejaba de oír a la
gente, de escuchar los insultos e incluso evitar a los demás. Como las otras
veces, fue al pie del árbol más grande y allí dejo las cosas. Descansó un poco
de la caminata, miró hacia arriba y se preparo para su “ritual”. Ese “ritual”
consistía en descalzarse y subir rama por rama hasta llegar arriba, deteniéndose
a cada paso para sentir la brisa que cada vez era mayor.
Cuando subió a lo más alto, se asomo fuera de la capa de
hojas para, como siempre, ver el bosque y el pueblo, pero cuando alzó la vista
y miró a lo lejos solo vio un inmenso prado que llegaba hasta donde alcanzaba
la vista. Al sur, a lo lejos asomaba una gran montaña y al norte se veía una
zona helada. Había pequeños bosques dispersos por la llanura y el árbol estaba
solo. El bosque a su alrededor había desaparecido.
-“Mi señora, por fin os encontramos. Debéis venir a resolver
unos problemas que han surgido.”-grito una voz al pie del árbol.
Miró hacia abajo y entonces lo recordó todo. Al fin y al
cabo no lo había olvidado nunca. Los dioses no saben que es el tiempo. Bueno,
habría que hacer una pequeña excepción. El sueño ya había terminado. Ahora sus
hijos la necesitaban, pensó mientras bajaba del árbol con un grácil salto.
Mientras tanto, en el bosque, al pie del árbol, los
habitantes del pueblo habían encontrado las cosas de la chica. Cuando lo
cogieron todo, el viento agitó los árboles y cayó algo del árbol más grande. Al
recogerlo vieron que era el colgante que ella llevaba en todo momento.
-“Bueno, parece que ella al fin encontró su sitio.”-dijo el director del
orfanato.
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