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R18

La calle volaba bajo sus botas, las puertas se desplazaban a ambos lados como un difuso borrón. Solo se oía su respiración y los golpes de su calzado contra el empedrado suelo en su fatigosa carrera. Al poco se abrió ante él la plaza del mercado. El extraño paro en seco y dio media vuelta aguzando su oído ante cualquier ruido proveniente de la calle que acaba de abandonar.
La luna apenas alumbraba el pavimento durante el cuarto creciente y la lluvia de unas horas antes había apagado todas las antorchas. El raro personaje iba envuelto en una capa oscura y se movía con gestos rápidos y calculados. Comenzó a dar vueltas a la plaza buscando algo. En ese preciso momento se oyó un aullido agudo y prolongado desde algún lugar de la ciudad. El encapuchado cogió una vara que había entre los restos de un puesto y hecho a correr por un callejón alejándose de la fuente del aullido. No sabía cuanto podía seguir corriendo, manteniéndose lejos de lo que había aullado, pero cada vez estaba más cansado. Además, las nubes que antes desapareciesen, volvían y al poco llovía fuertemente. El hombre continuaba corriendo, vara en mano, sin saber por donde iba pero con el fuerte propósito de salir de las ruinas de la que un día fue la capital del reino.
Varios aullidos más se escucharon en la noche y el encapuchado no cesaba su correr. No sabía porque se había metido en esta expedición. Quizás las riquezas que había ocultas en el palacio, la emoción de la aventura, las ganas de salir del valle en el que se había criado, o cualquier otra cosa. Él ya no lo recordaba. Ahora solo pensaba en salir de allí con vida. En mitad de la lluvia no eran solo sus pasos los que se oían. También se escuchaba el galope de algo detrás de él. La oscuridad era inescrutable pero sabia que era lo que se acercaba. Bestias terribles que habían masacrado a sus compañeros cuando intentaron tocar el tesoro del palacio. Esas bestias eran las que le perseguían para matarlo.
Entonces sintió una ráfaga de aire proveniente de su derecha y al mirar la vio. Era la puerta de la ciudad. Su libertad estaba a solo unos pasos. Rápidamente se encaminó hacia la salida esperando que la leyenda fuese tan cierta en la parte de que las bestias no podían salir de la ciudad como la de que las bestias existían. Ya faltaba poco para salir pero vislumbró algo que le hizo frenar su carrera. Frente a la puerta había tres bestias que le impedían salir. El hombre las reconoció: eran las estatuas que vieron el y sus compañeros a la entrada de las ruinas. No había escapatoria. Estaba condenado.
A su espalda surgieron más bestias, las que le habían perseguido por la ciudad. La lluvia paró y el cielo se despejó con rapidez. La luna en el cielo sonreía en su cuarto creciente. Las criaturas lo rodearon. Él dejo caer la vara, toda lucha era inútil. Su muerte estaba ante sus ojos. Levanto la vista al cielo y espero la dentellada fatal. Las criaturas saltaron casi al unísono para caer sobre el y conseguir la mejor parte. La que iba mas avanzada abrió sus mandíbulas, rodeo su cuello con ellas y…

-“! Corten ¡”-grito el director-“Ha quedado genial. Mañana rodaremos la siguiente toma, ¿de acuerdo? Ahora descansad que os lo merecéis.”

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