La calle volaba bajo sus botas,
las puertas se desplazaban a ambos lados como un difuso borrón. Solo se oía su
respiración y los golpes de su calzado contra el empedrado suelo en su fatigosa
carrera. Al poco se abrió ante él la plaza del mercado. El extraño paro en seco
y dio media vuelta aguzando su oído ante cualquier ruido proveniente de la
calle que acaba de abandonar.
La luna apenas alumbraba el
pavimento durante el cuarto creciente y la lluvia de unas horas antes había
apagado todas las antorchas. El raro personaje iba envuelto en una capa oscura
y se movía con gestos rápidos y calculados. Comenzó a dar vueltas a la plaza
buscando algo. En ese preciso momento se oyó un aullido agudo y prolongado
desde algún lugar de la ciudad. El encapuchado cogió una vara que había entre
los restos de un puesto y hecho a correr por un callejón alejándose de la
fuente del aullido. No sabía cuanto podía seguir corriendo, manteniéndose lejos
de lo que había aullado, pero cada vez estaba más cansado. Además, las nubes que
antes desapareciesen, volvían y al poco llovía fuertemente. El hombre
continuaba corriendo, vara en mano, sin saber por donde iba pero con el fuerte
propósito de salir de las ruinas de la que un día fue la capital del reino.
Varios aullidos más se escucharon
en la noche y el encapuchado no cesaba su correr. No sabía porque se había
metido en esta expedición. Quizás las riquezas que había ocultas en el palacio,
la emoción de la aventura, las ganas de salir del valle en el que se había
criado, o cualquier otra cosa. Él ya no lo recordaba. Ahora solo pensaba en
salir de allí con vida. En mitad de la lluvia no eran solo sus pasos los que se
oían. También se escuchaba el galope de algo detrás de él. La oscuridad era
inescrutable pero sabia que era lo que se acercaba. Bestias terribles que
habían masacrado a sus compañeros cuando intentaron tocar el tesoro del
palacio. Esas bestias eran las que le perseguían para matarlo.
Entonces sintió una ráfaga de
aire proveniente de su derecha y al mirar la vio. Era la puerta de la ciudad.
Su libertad estaba a solo unos pasos. Rápidamente se encaminó hacia la salida
esperando que la leyenda fuese tan cierta en la parte de que las bestias no
podían salir de la ciudad como la de que las bestias existían. Ya faltaba poco
para salir pero vislumbró algo que le hizo frenar su carrera. Frente a la
puerta había tres bestias que le impedían salir. El hombre las reconoció: eran
las estatuas que vieron el y sus compañeros a la entrada de las ruinas. No
había escapatoria. Estaba condenado.
A su espalda surgieron más
bestias, las que le habían perseguido por la ciudad. La lluvia paró y el cielo
se despejó con rapidez. La luna en el cielo sonreía en su cuarto creciente. Las
criaturas lo rodearon. Él dejo caer la vara, toda lucha era inútil. Su muerte
estaba ante sus ojos. Levanto la vista al cielo y espero la dentellada fatal.
Las criaturas saltaron casi al unísono para caer sobre el y conseguir la mejor
parte. La que iba mas avanzada abrió sus mandíbulas, rodeo su cuello con ellas
y…
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