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Sombras

 Rodó por el suelo a causa de su tropiezo. Se esforzaba por levantarse y sin saber bien como, consiguió plantar el pie lo suficientemente firme como para arrancar de nuevo la carrera que se había interrumpido por su tropiezo. Debía al menos salir del parque, al menos si quería tener una oportunidad de poder contarlo. 

Sabía que la idea de buscar las leyendas ocultas era mala. No le daba miedo lo sobrenatural, pero la noche en el parque, con lo enorme que era, era una pésima idea. Se había imaginado media docena de situaciones de peligro. Desde una pandilla que querría divertirse a costa de ellos, hasta algún yonqui que no se andaría con rodeos con tal de poder conseguir el próximo tiro de droga que le quite el mono. Pero de seguro, lo que no esperaba era que de los seis que eran, fuera el único que pudiera salir corriendo mientras los demás agonizaban. 

Su mente estaba dividida mientras intentaba orientarse hacia la salida más cercana del parque. Quería por un lado volver, ayudarlos, comprobar que estaban bien y que todo había sido una alucinación de sus nervios. Por otro, quería salir corriendo lo más lejos posible para pedir ayuda, ya que estaba seguro que lo que había visto salpicar era sangre y si no se daba prisa, no habría solución. Solo una pequeña parte intentaba, en medio de las prisas, encontrar señales a su alrededor que le indicasen que estaba cerca de una de las puertas. El parque era grande, pero no tanto como para que no hubiera llegado ya al final. 

Unos ruidos a un lado le asustaron, derrapando, cambió de dirección sin preocuparse en adivinar que eran. Solo un idiota como los de las películas iría a ver que podían ser en una situación así. A su alrededor iba escuchando cada vez más ruidos de los que se iba alejando más por instinto que por seguir su alocada carrera en busca de la salida. Ahora poco quedaba de las intenciones de llegar a salir del parque. 

De nuevo un tropiezo y entre rodando y deslizándose, terminó chocando contra uno de los árboles que durante el día daban sombra para poder echarse una siesta tranquilo, pero que ahora se le antojaba opresiva y definitiva. A su alrededor, antes de que pudiera recuperar el aliento por el golpe, aparecieron figuras que silenciosas iban acercándose, rodeándolo, alargando sus manos hacia él... Y de repente rompiendo en carcajadas. 

Allí estaban los cinco que creía heridos y otro amigo que se había excusado con planes pendientes. El terror dio paso a la sorpresa, solo durante un momento antes de que diera paso a la ira. Le habían engañado y se sentía estúpido por lo que le habían hecho pasar. Los demás se excusaron, le pidieron perdón. Solo dos tenían claro el plan y el resto había caído en la trampa sobre la marcha, aunque no esperaban que un par salieran corriendo. Mientras que al otro lo alcanzaron rápido, él había corrido con tantas ganas que era complicado alcanzarlo. Al final decidieron entre todos continuar la broma un poco más y con un poco de organización pudieron alcanzarlo. 

Se reían de la ocurrencia, de lo bien que había salido la broma, lo que le quitaba seriedad a las disculpas por la broma que le habían gastado al último, que aún le dolía del golpe contra el árbol. Pero al final el enfado se dispersó poco a poco y decidieron que era bastante juego por hoy, así que los ocho se disponían a irse cuando algo no les cuadró. Solo seis habían entrado y solo uno les esperaba. Entonces....

Después de unos meses, los carteles de desaparecidos empiezan a estar descoloridos en el parque, sin saber nada de los chicos que solían reunirse por allí y que una noche no habían vuelto a casa sin dejar rastro.

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