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Ganzúa I

 La noche se iba haciendo más oscura a medida que el sol terminaba de ocultarse tras el horizonte. La luna nueva daba más profundidad a las sombras y parecía que ni siquiera el farol sería capaz de traspasarlas. Avanzó por el camino conocido, sin necesidad de verlo, guiándose con una mano apoyada en una cuerda que estaba en el suelo, dándole la dirección correcta en la que debía ir. Consiguió así llegar a la puerta del muro trasero de la finca, que abrió lo más silenciosamente posible y pasó al otro lado. 

Frente a él, la silueta negra de la mansión se recortaba contra el cielo estrellado y se fundía con todas las sombras alrededor. Abrió una mínima rendija en uno de los lados del farol, haciendo que un brillo tenue y casi imperceptible diera formas a la espesa oscuridad, lo que hizo que, una vez atravesados los maceteros y setos del jardín, pudiera llegar a una pequeña portezuela que suponía debía ser la que llevaba a las cocinas. 

Para su sorpresa, la puerta se encontraba abierta, como invitándole a entrar. Algo no parecía estar bien. No era habitual que, por mucho que los muros cerrasen la finca, una puerta al exterior no solo estuviera sin la llave echada, sino abierta expectante de las visitas que pudiera recibir. Con extremo cuidado y los nervios a flor de piel, atravesó el umbral, conteniendo la propia respiración en busca de una ajena que le confirmara la trampa en la que se adentraba.

Entró en la cocina y por un momento sintió un mareo, que casi lo hizo alegrarse al pensar que había saltado la trampa y lo habían envenenado. Pero tras cerrar un momento los ojos, el mareo pasó y todo parecía igual al abrirlos. O al menos casi igual. No había tenido tiempo de fijarse bien en los muebles en la oscuridad tímidamente iluminada por el leve brillo que dejaba escapar el farol. Sin embargo, como una espina en la parte de atrás de su cabeza, algo le decía que encontraría diferencias si comparase a plena luz del día. 

Soltó el aliento que seguía conteniendo y decidió controlar su respiración para calmar la agitación, pero fue entonces cuando percibió que el cambio era algo serio. Cuando había entrado, el aliento que había mantenido olía a pan y grasa. Ahora olía.... diferente, un olor desconocido y ligeramente punzante, que no sabía describir o comparar a algo que conociera. Y eso era malo, muy malo para alguien con su profesión. Los cambios de ese estilo no ocurren en un instante. 

Empezó a retroceder hacia la puerta abierta, solo que ya no lo estaba. Ahora estaba cerrada y se apresuró a intentar forzarla, pero no había cerradura. El único hueco en la superficie era demasiado estrecho para que pudiera caber cualquier tipo de llave por ella. Las cosas se estaban complicando tanto que su mente no podía seguir el ritmo y no era capaz de pensar en una manera de salir de la trampa que le había atrapado. 

En ese momento, a su espalda sonó un chasquido y como si se hubiera hecho de día, la cocina se iluminó cegándolo y dejándolo paralizado en el sitio. Aunque lo que lo paralizó fue más bien la sacudida, como si un relámpago le hubiera impactado en la espalda, que recibió antes de perder la conciencia.

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