La habitación era blanca y aséptica. Era como si los colores fueran tan malos o peores que los virus y las bacterias. Lo único que permitia a cualquiera darle volumen a los objetos eran las sombras producidas por la lámpara. Una sola lámpara en el centro del techo, encendida a todas horas. Eso era lo más insoportable. Le daban agua y unas gachas blancas en un plato blanco sobre una bandeja blanca. El plato fijado a la bandeja, la bandeja a la compuerta por la que aparecía en la mesa. Ni siquiera cubiertos. Todo ideado para evitar que mancillase el blanco puro de la habitación. Y si por un casual lo conseguía, en cuanto el cansancio lo vencía, la habitación era limpiada. No recordaba como había llegado allí. Solo recordaba el templo, la trampilla y bajar por ella. A partir de ahí se vuelve nebuloso hasta que recuperó la conciencia en aquella celda. Y de ello hace... era imposible contar los días. Las comidas las dejaban de manera irregular, la luz continua, el blanco impecable. Había ...