Apagó el televisor sin que hubiera alguna noticia de los acontecimientos de esa semana. Las revueltas eran violentas en algunos sitios y aún así no se habían hecho eco de ningún incidente. Tan solo trataban el asunto como si fueran unas reuniones masivas que no molestaban a nadie. Pero lo había visto, como la gente caía, como las calles resbalaban empapadas en sangre de los heridos y muertos por la andanada de disparos. Como unos y otros avanzaban sobre los cuerpos de los caídos por los que no podían hacer nada. La policía había sido retirada tras los primeros tiroteos. No estaban preparados para afrontar eso, solo esperaban haber encontrado una lluvia de piedras, quizás alguna bomba incendiaria, pero no los disparos, no los asaltos armados. En su lugar el ejercito tomó posiciones y no perdonaron las cargas. La gente siempre se había quejado de las cargas de los cuerpos de seguridad, siempre habían sido primera página de los periódicos y noticieros, pero este cambio de roles quedó...
La campana sonó para indicar el inicio de la clase justo en el momento que la hermana dejaba los libros en la mesa. El silencio de los chicos era absoluto desde que había entrado por la puerta e hizo que resonase aún más el timbre. Empezó en una solemne atención la clase de lengua, explicando los tiempos verbales y poniendo ejemplos, con alguna pregunta ocasional a los alumnos que, coartados ante la autoridad de la monja, a duras penas les salía el hilo de voz justo para responder. Procuraban prestar atención y acertar la respuesta que debían dar, porque era imperante que no errasen en su respuesta. La religiosa tenía una fama en el internado, una que iba pasando entre generaciones de alumnos y que atañía a su edad y al hecho de que solían correr rumores de que el curso siempre lo terminaban menos chicos de los que se inscribían al inicio de año. La razón que daba la institución y los padres era la estándar, los chicos que faltaban habían sido expulsados y regresados a casa....