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Revolución

 Apagó el televisor sin que hubiera alguna noticia de los acontecimientos de esa semana. Las revueltas eran violentas en algunos sitios y aún así no se habían hecho eco de ningún incidente. Tan solo trataban el asunto como si fueran unas reuniones masivas que no molestaban a nadie.

Pero lo había visto, como la gente caía, como las calles resbalaban empapadas en sangre de los heridos y muertos por la andanada de disparos. Como unos y otros avanzaban sobre los cuerpos de los caídos por los que no podían hacer nada.

La policía había sido retirada tras los primeros tiroteos. No estaban preparados para afrontar eso, solo esperaban haber encontrado una lluvia de piedras, quizás alguna bomba incendiaria, pero no los disparos, no los asaltos armados. En su lugar el ejercito tomó posiciones y no perdonaron las cargas. La gente siempre se había quejado de las cargas de los cuerpos de seguridad, siempre habían sido primera página de los periódicos y noticieros, pero este cambio de roles quedó en silencio. Al fin y al cabo quienes clamaban por esta revolución estaban sentados donde vigilar cual era la información. 

Si fuera por las noticias, todo parecía tranquilo, solo unas pequeñas protestas por las condiciones laborales y la tensión social por las decisiones tomadas en el gobierno. Pero a pie de calle, en primera línea, las cosas eran diferentes. No eran personas quienes protestaban, eran bestias. 

Bestias que se creían que todo estaba permitido porque eran portadores de la verdad, una verdad dada a medida y convenientemente colocada para olvidar toda racionalidad y justificar la barbarie que estaba teniendo lugar en distintos puntos del país. 

Había apagado una televisión silenciosa, que mentía queriendo instaurar una idea de que todo estaba bien, pero el ruido de la puerta siendo derribada, por haber sido señalado, era el mudo grito de auxilio que no llegaría a ninguna parte. 

Solo esperaba que no encontraran donde se escondían su hija y su esposa antes de que terminaran con él.

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