La campana sonó para indicar el inicio de la clase justo en el momento que la hermana dejaba los libros en la mesa. El silencio de los chicos era absoluto desde que había entrado por la puerta e hizo que resonase aún más el timbre.
Empezó en una solemne atención la clase de lengua, explicando los tiempos verbales y poniendo ejemplos, con alguna pregunta ocasional a los alumnos que, coartados ante la autoridad de la monja, a duras penas les salía el hilo de voz justo para responder. Procuraban prestar atención y acertar la respuesta que debían dar, porque era imperante que no errasen en su respuesta.
La religiosa tenía una fama en el internado, una que iba pasando entre generaciones de alumnos y que atañía a su edad y al hecho de que solían correr rumores de que el curso siempre lo terminaban menos chicos de los que se inscribían al inicio de año. La razón que daba la institución y los padres era la estándar, los chicos que faltaban habían sido expulsados y regresados a casa. Pero no impedía esa explicación que los alumnos, tan dados a inventar, no tuvieran sus leyendas negras en torno a la hermana.
Separó la mirada de la pizarra en plena explicación y evaluando al alumnado como un halcón a su presa, eligió a uno de los alumnos del fondo de la clase para que contestara resolviendo el ejemplo que estaba explicando en ese momento, algo complicado que ni siquiera había terminado de explicar. Y esa fue la respuesta que la monja obtuvo, una resoluta afirmación de que desconocía la respuesta porque no había terminado de explicar como solucionar el ejemplo.
La religiosa se tensó y le dijo al chico que su actitud irrespetuosa merecía una advertencia, pero le daría elegir si ser castigado frente a la clase o ir al despacho de la madre superior para recibirlo luego. La tensión se redujo un poco e incluso pareció esbozar una sonrisa cuando eligió la segunda opción. Le dijo que fuera sin falta al terminar las clases y volvió su atención a la explicación.
La campana sonó al inicio de un nuevo día y de nuevo la hermana estaba dejando los libros sobre la mesa para empezar una nueva clase de matemáticas. Los chicos miraron recelosos hacia el asiento vacío al fondo de la clase y hubo algunos cuchicheos de que el compañero ni siquiera había dormido en su cama esa noche. Los susurros se acabaron con el sonido del palmetazo que dio en la mesa la monja antes de sugerir si entre tanto hablar, habría voluntarios para resolver la siguiente fórmula.
Y así la clase siguió en silencio absoluto, miedo y preguntas que nadie quería verbalizar.
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