Ir al contenido principal

Fortuna

 Cuando la luna nueva esta en los cielos, la ley duerme intranquila. Al menos eso es lo que el jefe solía decirle cuando entró a la banda. Ya habían pasado muchos años desde aquel momento y durante ese tiempo había pasado por muchos otros grupos. Era un superviviente o al menos así se veía él. El resto de sus compañeros lo veían como poco menos que un amuleto de mala suerte. Eran las consecuencias de ser el único libre tras encarcelamientos o matanzas y cada vez menos grupos lo querían entre sus filas. 

Había incluso quienes lo consideraban un espía o un informante y no eran pocas las ocasiones en las que había estado a punto de morir a manos de quienes quería servir. Pero al final sobrevivía y el resto caía. Igual que iba a pasar esa noche.

Lo cierto es que había una razón para que las desgracias lo acompañasen y es que al fin y al cabo no era un ladrón corriente, sino un ladrón de suerte. La mayoría de la gente no quería creer en ello, consideraban que la suerte no jugaba un papel esencial o que no podía medirse, simplemente se tenía y ayudaba un poco. Pero lo cierto es que él sabía que era lo contrario, la habilidad era lo que jugaba un papel mínimo. El saber que se es capaz de hacerlo solo daba pie a la suerte para actuar. Y cuando se convenció a sí mismo que esa suerte era algo de lo que podía apoderarse para mejorar la suya, el resto fue una sucesión de robos que nadie percibía y que terminaban por consumir las vidas de quienes habían perdido toda suerte. 

A cambio, él acumulaba más y más suerte, hasta el punto que con solo pensar en querer hacer algo, todo se alineaba perfectamente para que prácticamente cayera en sus manos con el mínimo esfuerzo. Había amasado fortunas que había dilapidado igual de rápido, pero con inversiones bien situadas, su única razón para seguir buscando bandas en las que entrar era para alimentar su insaciable hambre de creciente suerte.

Quizás eso fue lo que le pilló desprevenido, el no ser capaz de pensar que algo le podía salir mal, pero si algo hay a lo que no pueda superar la suerte es a la propia dama de la fortuna que le sonreía desde el otro lado de la mesa sobre la que se estaba jugando su alma e iba perdiendo contra la diosa que sacaba jugadas imposibles sin que pudiera decirse que hacía trampas. 

Sabía que solo necesitaba un gran golpe de suerte y sabía que la única manera de lograrlo era sacrificar toda la acumulada durante años, quizás en un desesperado esfuerzo de al menos tener un empate que le permitiera salir ileso de allí. Se lanzó a ello y miró los puntos en su mano, lo que le hizo relajarse en un confiado conteo de que lograría el ansiado empate. Pero una mirada a los ojos de la dama, un desvelar de la mano y la confianza empezó a diluirse conforma no desaparecía la sonrisa en el rostro de su oponente. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Canciones

 La música tronaba en la sala desde los altavoces colocados en las esquinas. En el centro, la pista de baile estaba llena y la gente bailaba animada por las canciones que sonaban, a cada cual más conocida y siendo coreada por todos mientras no dejaban de moverse. En la barra había gente pidiendo sus copas pendientes de volver a la pista con recarga del combustible de una noche de fiesta. Pero él tenía su cerveza en la mano, el brazo acodado en la barra y miraba con tranquilidad observando a la gente. Era algo rutinario, miraba y evaluaba. Primero la cara, luego un vistazo rápido al cuerpo o al menos a lo que podía ver entre el gentío. Si se acercaban a la barra a pedir, era la mejor manera de hacer una evaluación más certera del físico. Y por supuesto, para terminar, a quienes más le llamaban la atención, llevar de manera inconsciente la cuenta de las consumiciones que llevaba tomadas. Si para antes de la tercera se retiraban de la pista, perdía todo interés y buscaba a alguien ent...

Esmeraldas I

En aquel cuarto oscuro no quedaban a penas cosas. Por mobiliario la cama, un colchón sobre una tabla que ni siquiera se levantaba del suelo, y un taburete sobre el que había un reloj con la hora en brillantes números que parpadeaba como un faro. Sobre la cama, él, tirado y observando el techo, pensando como demonios había terminado llegando a eso. Vagaba su mente hacia atrás como si la película empezara cerca del final y tuviera que forzar ese recuerdo de días atrás para comprender por qué el protagonista se encontraba tirado, despierto en su cama en un piso extraño e iluminado únicamente por la hora que parpadeaba en el despertador. Solo que cuando empieza todo no estaba despierto, dormía tranquilo, como una mañana más en la que la alarma del reloj analógico sonaría un minuto antes de que el móvil, justo al lado, empezara la lenta letanía que supondría su alarma. Eso lo forzaría a salir del sueño, fuera cual fuera, y se levantase entre gruñidos y sin a penas abrir los ojos. La rutin...

Encargo

 El cigarrillo se consumía entre sus dedos. Solo le había dado un par de caladas intentando relajarse y ahora, ensimismado en sus preocupaciones, dejaba que lentamente se consumiera sin notar como el calor estaba más cerca de sus dedos. Suspiró sin haber conseguido resolver nada y dejó caer el resto del cigarrillo antes de pisarlo para dejarlo apagado. Se suponía que había dejado el hábito de fumar hace tiempo, pero al final con cada problema que surgía recurría una vez más a sacar uno de la cajetilla que aún seguía llevando encima y encendiéndolo en un intento de encontrar inspiración. Si lo había decidido dejar en su momento fue porque se lo prometió a ella, pero como tantas otras promesas, la cumplía a ratos. Los momentos que las incumplía fingía que no existían luego y así intentaba mantener su conciencia tranquila. Entró al bar y se sentó en la barra donde, tras saludar al camarero que le conocía desde hace tantos años, le pidió una jarra. Sabía a quien esperar. Sabía que iba ...