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Travesía II

 Avanzó por la arena, sin atreverse a adentrarse en el bosque. Lo miró indeciso y fue recorriendo la playa dejando la fronda a su diestra, intentando averiguar donde estaba y buscando más restos del naufragio, ya que era raro que la playa estuviera limpia de ellos a honrosa excepción de su camarote. 

Durante su caminar y a medida que se alejaba, aparecían más adelante unas formaciones de roca que parecían surgir de la isla pero que cuanto más se acercaba, más claro quedaba que surgían del centro de una bahía que rodeaba la playa, de aguas calmas y claras que se oscurecían pronto tras alejarse poco de la línea donde rompían las olas. Las rocas se alzaban en el centro como si fueran árboles fosilizados, un rayo invertido que surgía de una tormenta oculta en las profundidades de esa bahía. 

Recorrió con la mirada como la playa continuaba su trazado y luego se perdía más allá tras la espesura que continuaba bordeando al otro lado de las pétreas formaciones. Decidiendo que no habría algo de interés para una primera exploración, prefirió dar media vuelta, de vuelta al único vestigio de su llegada a la isla y quizás continuar hacia la otra dirección en busca de algún otro resto del navío y quizás supervivientes. 

Tras un rato caminando esperando llegar hasta el naufragio del que había salido un rato antes, se percató que llevaba andando mucho más tiempo del que invirtió en llegar a la bahía sin haber encontrado rastro del camarote o cualquier pista que indicara que era desde allí que había iniciado su camino. Al final llegó, desconcertado a unas dunas que no recordaba haber pasado antes y dio media vuelta antes de subirlas esperando ver los restos que pudiera ser que en un descuido no hubiera visto, pero tras él solo quedaba la playa inmaculada. Tan excesivamente inmaculada que ni siquiera sus pisadas quedaban en la arena a pesar de no haber andado tan cerca de las olas como para que estas pudieran borrar su rastro. 

Subió raudo la duna, asaltándole un malestar que era incapaz de nombrar, pero que empezaba a cobrar forma al percatarse de la ausencia del rastro de su exploración. Desde lo alto miró hacia atrás para ver la arena deslizarse duna abajo cubriendo perfectamente las huellas de su subida, de una manera que aunque pudiera parecer natural, era en exceso precisa en su desplazamiento, el justo para que todo volviera a como estaba antes de su paso.

Agitado por ese miedo creciente, miró desde lo alto de la duna, suficientemente alta para poder estar casi a la altura de las copas de los árboles en primera línea. A lo lejos, siguiendo la costa por la que había llegado, podía observar las formaciones alzarse, allí donde estaba la bahía. Hacia el centro de la isla el bosque se extendía subiendo la ladera de una montaña que por alguna razón no había podido ver desde la costa al llegar. En dirección al mar, todo era una extensión de azul infinito, con pequeñas olas a lo lejos que destacaban en la calma superficie. 

En cuanto a la playa por delante, al otro lado de la duna, algo extraño se alzaba entre la arena. Una especie de tubo de hierro con una enorme aleta partida caída a su lado y hundiéndose en el mar, dejando huérfana la unión al tubo en la parte superior, como si en el pasado se hubiera alzado orgullosa queriendo alcanzar las nubes y se terminara rindiendo. Hubiera podido describir aún más la extraña estructura de hierro si no fuera por la casa que al lado alguien había decidido construir y que reclamaba toda su atención.

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