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Esclavo

Lo normal para un callejón era encontrarlo sombrío, sucio y posiblemente con un olor que ha desarrollado personalidad propia. Por eso resultaba tan impactante encontrar que el callejón en el que se había adentrado no solo estaba impoluto e iluminado levemente, sino que las tiendas de artículos de dudosa legalidad que había salpicados por allí tenían un aspecto más pulcro que cualquiera de las tiendas del barrio noble. 

Cuando llegó a la capital de la provincia austral no esperaba que su primera incursión en los lugares dedicados a la clandestinidad fueran tan difíciles de distinguir si se comparaban a las tiendas o incluso las calles de cualquier otra zona de la ciudad. Tal era la poca diferencia que incluso la guardia paseaba por allí en su ronda de guardia, convenientemente ciegos a los carteles de algunos puestos que anunciaban productos que el mero hecho de mencionarlos en cualquier lugar del imperio valdría como mínimo una larga estancia en prisión. Sin embargo los guardias solo estaban ciegos a ciertas cosas convenientemente seleccionadas. Aunque parecían no ver los carteles de productos mientras patrullaban charlando, sus ojos se movían rápidos captando los rostros de los pocos que caminaban por el callejón y en que puestos se paraban. Sabían lo que debían vigilar mientras ignoraban la mercancía.

Por supuesto, él no fue una excepción cuando pasaron cerca suya, sintió la mirada disimuladamente penetrante del guardia mientras se dirigía a un puesto que cerraba la entrada a un almacén y que se dedicaba a la venta de esclavos. Aún le parecía notar la mirada cuando entró dentro para buscar entre la mercancía quien mejor se ajustaba a la tarea que tenía por delante. Procuró especificar suficiente al mercader las características que buscaba e hizo que tuviera que tomar la decisión entre solo tres jóvenes, un chico y dos chicas. 

Uno a uno los observó a los ojos y les susurró una pregunta de la que no necesitaba escuchar la respuesta, sino verla en la reacción al escucharla. Lo que quiera que dijeran sería siempre lo se esperaba que dijeran para librarse de la estricta vigilancia del almacén y con un poco de suerte, en cuanto salieran con su nuevo amo, dado que la esclavitud estaba abolida desde hacia un par de reyes, podrían intentar escapar en un descuido sin que hubiera nadie que públicamente los llevara de vuelta. Al menos así era en otras ciudades, pero una vez más, la ciudad demostró que incluso los esclavos eran diferentes. En lugar de miradas de desafío y desesperación, a estos esclavos les habían vaciado todo deseo de escapar o rebelarse. Solo el chico mostró algo de vida en el fondo de la mirada vacía. Un pequeño atisbo de que quizás podría confiarle la tarea sin que solo fuera una marioneta de obediencia ciega. 

Pagó el precio al mercader y salió seguido de su adquisición, que para cualquiera que los mirase fuera del callejón, solo parecía un sirviente o escolta tras su señor. Se dirigió hacia la posada en la que se había hospedado la tarde de su llegada y en cuanto se encerraron en su habitación, empezó a comprobar los conocimientos de su reciente adquisición, mientras iba dándole instrucciones de lo que debería hacer a partir de la mañana. El encargo iba a tardar unos días hasta que todas las piezas estuvieran en su sitio y la primera de ellas era disfrazar como nuevo paje a alguien que le abriera las puertas hacia su objetivo.

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