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Corte

En los jardines solo se escuchaba el quieto murmullo del agua que caía en la fuente. Ni siquiera los pájaros piaban o el viento agitaba las hojas. Era extraño ese silencio que parecía querer acallar infructuosamente a la fuente para asentarse tranquilo sobre los senderos bordeados de bien recortados arbustos.

Por un momento dudó si debía dirigirse al punto de encuentro cerca de la entrada del laberinto de setos, donde el marqués lo había citado con un susurro antes de la comida. Era un secreto de común conocimiento en la corte que el marqués buscaba ganar el favor de otros aristócratas de mayor rango para poder medrar a través de las bodas de sus hijas, puesto que no había sido bendecido con varón alguno y esperaba que apareciera alguno entre sus nietos para asegurar que las tierras no pasaban a disposición real y de ahí a manos de cualquier advenedizo que acabase de ascender de entre los mercaderes. 

Suspiró al pensar en el clasismo de la genealogía que motivaba al marqués y a buena parte de los títulos que pululaban la corte. Todos ellos engalanados en sus rancias ascendencias y derechos divinos por la sangre de sus antepasados, cuando únicamente estaban ahí porque algún antepasado real había decidido darle a un comandante un trozo de tierra y llamarlo título.

Él no era quien para quejarse de ello, su familia hacía muchas generaciones que poseía el título de duque y las tierras bajo su cuidado, pero su padre siempre había insistido en meterles en la cabeza que aunque debían actuar como nobles, no debían olvidar que su sangre no era azul, sino tan roja como la de los campesinos que les daban la parte de la cosecha correspondiente al señor. 

Y en eso su hermano llevaba peor la lección. Se le suponía el heredero, pero gustaba demasiado de revolotear en la corte, creyéndose recibidor de derechos divinos sin mas obligación que disfrutar de los mismos. Por eso su padre se había encargado de enseñarle las bases a él, de formarlo como el verdadero heredero del ducado aun siendo el segundo hijo. 

Debido a esas enseñanzas como verdadero heredero, ahora estaba allí, en la entrada del laberinto frente al marqués, escuchándolo educadamente planear el casamiento de su hija tercera, una joven de excelsa educación y refinado gusto, según el criterio de su padre. El objetivo, el primer o segundo hijo de un conde con una arraigada amistad con su familia y que le permitiría poder presentar a otra de sus hijas como pretendiente de uno de los príncipes reales, e incluso presionar con la influencia de las relaciones que haría con los matrimonios de sus otras hijas, para que fuera una de las primeras opciones que tuvieran en cuenta para compromiso. 

Le aburrían esos juegos de poder y mientras más ahondaba en la explicación de sus planes el marqués, más se adentraban en el laberinto y más se hastiaba él de escucharle, hasta que al final, con un gesto preciso a la par que aburrido, le abrió la garganta al noble y con cuidado de no mancharse lo empujó bajo el arbusto más cercano. Teniendo medianamente clara su posición, salió del laberinto por otra de las entradas donde lo esperaba uno de sus sirvientes personales. Le dio unas rápidas indicaciones de donde estaba el cuerpo y volvió hacia la balconada donde el resto de los invitados estaban hablando distendidos. 

Era tan solo uno más de los trabajos que tenía que hacer como heredero. Cuando la familia real piensa que alguien es demasiado ambicioso en el juego de la corte, era el duque, o en este caso su heredero, el que debía reducir la cantidad de ambición para evitar que desbordase. Mañana habría la comidilla de un terrible accidente en el que el pobre marqués se había vuelto envuelto. Como de escandaloso sería era algo que decidirían en función de lo que considerasen desde arriba. Él solo debía lavarse las manos y seguir sonriendo a su hermano hasta que su padre le diera el encargo de pasar a ser heredero único, como su padre, como su abuelo...

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