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Caza II

 La niebla de la mañana se había despejado de la zona y frente a ellos se encontraban en la distancia unos venados. Se detuvieron en el mismo silencio en el que habían caminado hasta allí y tras unos gestos del líder, se fueron dispersando hacia los lados, sin hacer ruido alguno que pudiera alertar a las presas. El joven se quedó junto al líder, puesto que tenía una misión de vital importancia, la de disparar el primer proyectil que marcaría la presa que debían abatir. 

Ni siquiera le habían dicho a cual apuntar, era parte de su prueba el elegir con sabiduría e instinto. Además, si fallaba al disparar, no habría presa que cazar en el lugar y deberían esperar a que los exploradores localizasen un punto donde se acercaran de manera frecuente para emboscar nuevas presas. Avanzó junto al líder, lentamente y en silencio, hasta que este le detuvo y con un gesto de la cabeza le indicó que era su turno de actuar, que debía completar su tarea.

Respiró hondo hasta calmarse y tomó el arco que le tendía, el privilegio del líder y que solo se usaba para marcar a la presa. Después, el cerco del resto que se habían dispersado alrededor usarían las lanzas para abatirlo. La táctica era sencilla según se la habían explicado durante la marcha. Se preparó y tensó el arco según las indicaciones del líder un par de veces antes de que le tendiera la flecha teñida de rojo, una única flecha para una única tarea. 

Contuvo el aliento, tensó el arco y dejó que la mano del líder hiciera algunas correcciones rápidas en su postura antes de que le indicara que disparase. La flecha voló con un leve silbido e impactó en el pecho del venado al girarse, lo que provocó que soltase un quejido ahogado y cayese al suelo mientras el resto de la manada corría despavorida. Los cazadores se acercaron con las lanzas preparadas pero las bajaron y se relajaron al llegar al cadáver. Cuando el joven llegó al sitio pudo ver que se debía a la muerte limpia de la presa, algo que los cazadores consideraban un signo de favor de los espíritus hacia los cazadores. 

Sin perder más tiempo, el líder sacó con cuidado la flecha del pecho, casi de manera ritual y dio las órdenes pertinentes para que despiezaran al animal, conservando la piel lo mejor posible. No tardaron mucho en tener todo listo y repartido entre buena parte del grupo, mientras unos pocos quedaban atrás para cavar una pequeña fosa en la que enterrar los restos que quedaban de la presa antes de retomar el camino a la cueva y alcanzar al grupo.

Comenzaron el camino de vuelta siguiendo con ágil presteza al líder, con tiempo de sobra para llegar antes de la caída del sol. El joven, poco acostumbrado a cargar con la carne, intentaba seguir el paso, aunque iba quedándose ligeramente rezagado cuando atravesaban algunos caminos empinados. Quizás fue por eso que en el momento que tropezó en una de las cuestas, sonaron los gruñidos de un lobo que se abalanzó contra él en busca de la carne.

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