Ir al contenido principal

Cuento

Había una vez, en un pueblo pequeño y lejano, un niño que gustaba de ir al bosque en busca de setas y otras plantas comestibles para ayudar a sus padres. Al principio no sabía bien que plantas llevar, pero poco a poco, con el paso de los días, de las semanas y de los meses, aprendió que plantas eran buenas, que plantas sabían mejor y cuales podían servir para más cosas. Así sus padres estaban muy contentos con él. 

Un día, cuando iba a salir, su madre le dijo que tuviera cuidado, porque había un bandido peligroso perdido en el bosque y quizás intentara engañar a la gente para llegar a algún pueblo, así que no debía hablar con extraños y tendría que evitar que lo siguieran. El niño dijo que no se preocupara, que cogería plantas y no se entretendría.

Caminó por uno de los caminos que tan bien conocía y se adentró en la espesura, por donde nadie de la aldea solía aventurarse, excepto él en su búsqueda de las plantas, cerca de un claro a unos minutos. Cuando aún no salió de la espesura, cerca del lugar, había en el centro del claro alguien sentado, con una capa de viaje y comiendo un trozo de pan. Como sabía que no debía hablar con extraños intentó mantenerse oculto entre los arbustos y comenzó a recoger plantas que iba metiendo en su morral, sin perder de vista al extraño y sin llegar a acercarse al borde del claro. 

No sabía cuanto llevaba recogiendo plantas, aunque llevaba más de la mitad de su bolsa llena, cuando el extraño se levantó, se echó el último trozo de pan a la boca y salió del claro por donde había estado a punto de entrar el niño. Parecía que no le había visto, pero aún así, esperó entre los arbustos, recogiendo plantas y atento a los sonidos que hacía mientras se alejaba el extraño, sin que pareciera llevar mucha prisa. 

Cuando ya la bolsa estaba casi llena, se acercó a la zona central del claro a coger algunas de las flores que solían crecer allí al sol. En una roca, donde había estado sentado el encapuchado, había un trozo de pan y una piedra garabateada. Debido a que su padre le había enseñado lo básico de las letras, pudo descifrar que lo escrito era solo una palabra: Gracias.

Extrañado por ambas cosas, las dejo en su lugar y recogió rápido las flores antes de irse por el camino que siempre tomaba, mirando de vez en cuando hacia atrás y con el oído atento por si había estado esperando para seguirle. Pero no era necesario. El niño podía no estar pendiente del camino porque al poco de alejarse del claro, la senda estaba hecha, un sendero fruto de meses de pasar por el mismo lugar día a día. 

Lo que terminó escuchando, no vino de atrás. La aldea estaba cubierta de humo, se escuchaba el crepitar de brasas que al amanecer del día habían sido casas y en las calles había gente tirada por el suelo con cubos en las manos. Se dio cuenta demasiado tarde que no había razón de que le siguiera, que ni siquiera sus precauciones hubieran podido evitar que el bandido encontrara el camino para salir porque solo necesito la dirección a ese camino. Y es que a veces, las cosas malas que ocurren no pueden prevenirse...

Se le rompió la voz al llegar al final del cuento e intentó contener las lágrimas con la mano. Frente a él la cama fría donde había arropado a su hijo unos días antes después de leerle el cuento, le devolvía un desolador silencio del que había sido consciente al regresar esa tarde del entierro.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Canciones

 La música tronaba en la sala desde los altavoces colocados en las esquinas. En el centro, la pista de baile estaba llena y la gente bailaba animada por las canciones que sonaban, a cada cual más conocida y siendo coreada por todos mientras no dejaban de moverse. En la barra había gente pidiendo sus copas pendientes de volver a la pista con recarga del combustible de una noche de fiesta. Pero él tenía su cerveza en la mano, el brazo acodado en la barra y miraba con tranquilidad observando a la gente. Era algo rutinario, miraba y evaluaba. Primero la cara, luego un vistazo rápido al cuerpo o al menos a lo que podía ver entre el gentío. Si se acercaban a la barra a pedir, era la mejor manera de hacer una evaluación más certera del físico. Y por supuesto, para terminar, a quienes más le llamaban la atención, llevar de manera inconsciente la cuenta de las consumiciones que llevaba tomadas. Si para antes de la tercera se retiraban de la pista, perdía todo interés y buscaba a alguien ent...

Camino a cualquier lugar

El sol brillaba en lo alto, a lo lejos las montañas. Por delante el camino sin saber a donde ir. Le habían forzado a abandonar todo refugio, primero en el pueblo, luego en el bosque. Con un suspiro tomó su hatillo y siguió caminando. Había tenido sueños de grandeza, llegar a ser alguien y vivir sin más preocupación que la ropa a usar ese día. Pero se había encontrado con un mundo cruel, despiadado y que no permitía que los recién llegados pudieran elegir su lugar. Un mundo lleno de personas que solo miraban por hacer fracasar a los demás en lugar de conseguir mejorar ellos mismos, donde la máxima era la envidia y no la eficiencia. En el que si querías hacerte un hueco era necesario a base de dentelladas y codazos. Suspiró y siguió su camino, un pie tras otro. Ya no había vuelta de hoja, pues el mundo le había quitado todo. Solo le quedaba la vida que estaba viviendo para manterse. No sabía que le deparaba el futuro, ni donde acabaría, pero como le decían siempre, vivir es levantars...

Caza II

 La niebla de la mañana se había despejado de la zona y frente a ellos se encontraban en la distancia unos venados. Se detuvieron en el mismo silencio en el que habían caminado hasta allí y tras unos gestos del líder, se fueron dispersando hacia los lados, sin hacer ruido alguno que pudiera alertar a las presas. El joven se quedó junto al líder, puesto que tenía una misión de vital importancia, la de disparar el primer proyectil que marcaría la presa que debían abatir.  Ni siquiera le habían dicho a cual apuntar, era parte de su prueba el elegir con sabiduría e instinto. Además, si fallaba al disparar, no habría presa que cazar en el lugar y deberían esperar a que los exploradores localizasen un punto donde se acercaran de manera frecuente para emboscar nuevas presas. Avanzó junto al líder, lentamente y en silencio, hasta que este le detuvo y con un gesto de la cabeza le indicó que era su turno de actuar, que debía completar su tarea. Respiró hondo hasta calmarse y tomó el arc...