Ir al contenido principal

Vals

El sonreía encantador, sin dejar de mirar sus ojos, sin desviar ni un milímetro la mirada más allá de las profundidades de sus pupilas. Iba vestida con elegancia, sin recargo en su vestido ni exceso de joyas. Solo una pequeña gargantilla y unos pendientes diminutos. El pelo recogido en una elaborada trenza le caía sobre su hombro derecho. Su rostro, apenas maquillado, quedaba completamente expuesto para enmarcar sus labios rojos y esos ojos que lo absorbían.

Se había acercado a ella, con una sonrisa en sus labios, tomando su mano y depositando un suave beso en ella. El traje, a medida, le sentaba como una segunda piel, muestra de la buena mano del sastre. Era de un color gris, el color que esperarías encontrar en una oficina, pero que en aquella fiesta era un faro entre la niebla. Sin embargo, la confección y la calidad lo hacían encajar de alguna manera. En su cuello, una pequeña cadena permitía adivinar algún colgante oculto bajo la camisa blanca, con el último botón desabrochado y sin la corbata o pajarita que estaban presentes en otros cuellos. En sus labios no desaparecía la sonrisa, natural pero como si hubiera sido tallada en su rostro, enmarcado por una fina barba bien cuidada y que perfilaba su rostro en sintonía con el cabello corto que llevaba. Y sus ojos se fijaban en los de ella, con un brillo ávido expectantes de que aceptara la silenciosa invitación de salir a bailar.

Y fue así, en un silencio acompañado de la música que inundaba el salón, que apoyada ella su mano con delicadeza en la de él se unieron al vals que otras parejas trazaban entre un corro de espectadores. Ella depositó la otra mano en su hombro, él en su cadera colocó con suavidad su mano libre y por un momento, ambos en posición, fijos los ojos perdidos en la mirada del otro, el tiempo se ralentizó. Las notas fluían perezosas de los instrumentos, saliendo largas y lánguidas. Los demás bailarines parecían detenerse, flotando por un momento entre paso y paso. Ellos dos, quietos, esperaban perdidos del tiempo y refugiados en las pupilas del otro, a que llegara la nota para el primer paso.

La nota sonó, el tiempo volvió a fluir y ellos comenzaron, paso a paso a bailar el vals que inundaba con su ritmo a los presentes. No eran el centro de atención, aunque algún comentario se escapaba de las damas por la simpleza de su vestido o el color del traje. Había chismorreos más interesantes que desgranar mientras ellos, ausentes en el mundo de las miradas bailaban un vals por primera vez en su vida, dejándose arrastrar por el ritmo. Y mientras bailaban, mas se hundían en la mirada del otro, más se acercaban el uno al otro y más cerca estaban los labios de ambos.

No lo notaban, el momento se prolongaba. El tiempo a su alrededor parecía acelerarse y desdibujar a los bailarines y a los invitados. Cada segundo que ellos acercaban sus labios eran horas, eran vueltas y vueltas, pieza tras pieza interpretada por los músicos. Bailaban ya sin saber que estaban bailando, inundados por el ritmo en un momento eterno que era solo de ellos.

La música hace mucho que paró. Los invitados hace mucho que se fueron. Pero allí, en ese salón cubierto por el polvo y las telarañas, aún se dibuja en el suelo la flor de los pasos de aquellos dos bailarines que hace mucho tiempo ya fueron olvidados en aquel momento antes de ese beso.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Canciones

 La música tronaba en la sala desde los altavoces colocados en las esquinas. En el centro, la pista de baile estaba llena y la gente bailaba animada por las canciones que sonaban, a cada cual más conocida y siendo coreada por todos mientras no dejaban de moverse. En la barra había gente pidiendo sus copas pendientes de volver a la pista con recarga del combustible de una noche de fiesta. Pero él tenía su cerveza en la mano, el brazo acodado en la barra y miraba con tranquilidad observando a la gente. Era algo rutinario, miraba y evaluaba. Primero la cara, luego un vistazo rápido al cuerpo o al menos a lo que podía ver entre el gentío. Si se acercaban a la barra a pedir, era la mejor manera de hacer una evaluación más certera del físico. Y por supuesto, para terminar, a quienes más le llamaban la atención, llevar de manera inconsciente la cuenta de las consumiciones que llevaba tomadas. Si para antes de la tercera se retiraban de la pista, perdía todo interés y buscaba a alguien ent...

Esmeraldas I

En aquel cuarto oscuro no quedaban a penas cosas. Por mobiliario la cama, un colchón sobre una tabla que ni siquiera se levantaba del suelo, y un taburete sobre el que había un reloj con la hora en brillantes números que parpadeaba como un faro. Sobre la cama, él, tirado y observando el techo, pensando como demonios había terminado llegando a eso. Vagaba su mente hacia atrás como si la película empezara cerca del final y tuviera que forzar ese recuerdo de días atrás para comprender por qué el protagonista se encontraba tirado, despierto en su cama en un piso extraño e iluminado únicamente por la hora que parpadeaba en el despertador. Solo que cuando empieza todo no estaba despierto, dormía tranquilo, como una mañana más en la que la alarma del reloj analógico sonaría un minuto antes de que el móvil, justo al lado, empezara la lenta letanía que supondría su alarma. Eso lo forzaría a salir del sueño, fuera cual fuera, y se levantase entre gruñidos y sin a penas abrir los ojos. La rutin...

Encargo

 El cigarrillo se consumía entre sus dedos. Solo le había dado un par de caladas intentando relajarse y ahora, ensimismado en sus preocupaciones, dejaba que lentamente se consumiera sin notar como el calor estaba más cerca de sus dedos. Suspiró sin haber conseguido resolver nada y dejó caer el resto del cigarrillo antes de pisarlo para dejarlo apagado. Se suponía que había dejado el hábito de fumar hace tiempo, pero al final con cada problema que surgía recurría una vez más a sacar uno de la cajetilla que aún seguía llevando encima y encendiéndolo en un intento de encontrar inspiración. Si lo había decidido dejar en su momento fue porque se lo prometió a ella, pero como tantas otras promesas, la cumplía a ratos. Los momentos que las incumplía fingía que no existían luego y así intentaba mantener su conciencia tranquila. Entró al bar y se sentó en la barra donde, tras saludar al camarero que le conocía desde hace tantos años, le pidió una jarra. Sabía a quien esperar. Sabía que iba ...